Por Vietnam, Laos y Camboya 

Ruta por el sudeste asiático. La antigua Indochina

29.07.2014 | 22:49
En Dien Bien Phu se conmemora la batalla que, en 1954, supuso la independencia de Vietnam de Francia.
En Dien Bien Phu se conmemora la batalla que, en 1954, supuso la independencia de Vietnam de Francia.

Indochina es el nombre que recibía la región del sudeste asiático que, bajo dominio francés, conformaban los actuales Laos, Vietnam y Camboya durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX. De la mano de Globe Trotter nos adentramos en unos caminos que tienen muchos secretos que desvelar.

Como destino turístico, el sudeste asiático lleva años estando muy en boga. Principalmente Vietnam y, por extensión, Laos y Camboya, son destinos cada vez menos desconocidos para el viajero español, pero si de lo que se trata es de visitar estos países a bordo de un todoterreno –conduciendo, además, nosotros mismos–, estaremos ante un plan de lo más exótico. Para aquellos habituales de África, estos lugares ofrecen paisajes absolutamente diferentes, pero todavía se puede encontrar tranquilidad, gentes acogedoras y parajes exóticos de gran belleza.
Nuestra experiencia en travesías por el sudeste asiático se remonta a mediados de los años 90 cuando empezamos a realizar nuestro Raid Triángulo de Oro por Tailandia, pero no ha sido hasta febrero de este año, cuando hemos iniciado nuestros recorridos por Indochina. Este concretamente, lo comenzamos en Vientián, capital de Laos –a orillas del legendario río Mekong–, donde recogemos los Ford Ranger que utilizaremos durante toda la travesía.
Laos ha vivido prácticamente aislado del mundo debido al régimen comunista que rige sus designios desde hace décadas, de modo que hoy sigue siendo un oasis de dulzura y  sencillez. Su capital, Vientián, es una aldea grande, lánguida, tranquila y serena que con la primera luz del alba ve como los monjes budistas salen de los templos en busca de su sustento diario. En el horizonte de la ciudad contrastan las delgadas siluetas de las pagodas, con las moles de hormigón de los edificios de estilo soviético o los vestigios de arquitectura colonial francesa.
Por la mañana, los numerosos mercados inundan la ciudad, ofreciendo un espectáculo pintoresco en el que las calles cubiertas de barro se llenan de paisanos que venden sus verduras –principalmente, montañas de pimientos o racimos de plátanos–, aunque también es habitual ver los peces vivos que todavía se retuercen o los huevos de hormiga, una de las especialidades locales.

Un millón de elefantes y ningún puente

A bordo de los Ford Ranger iniciamos la marcha y no tardamos en darnos cuenta de que, durante el verano, el monzón ha maltratado duramente las "carreteras" que nos deben conducir hacia el norte, aún así, los pick up responden bien, son fáciles de maniobrar y no plantearán el mínimo problema mecánico durante el viaje. En este periplo, debemos realizar numerosos vadeos, ya que la elemental red viaria de Laos no incluye casi ningún puente. Cuando el cauce a vadear lleva demasiada agua es el momento de recurrir a las barcazas para llegar a la otra orilla.


Con unos cuantos vadeos a cuestas, llegamos a Luang Prabang, la segunda ciudad del país y antigua capital del llamado "reino del millón de elefantes", a pesar de que a día de hoy no lleguen a 3.000 los que viven en Laos. Luang Prabang –con apenas 20.000 habitantes– conserva un aire más dulce y romántico que Vientián, gracias, sobre todo, a los numerosos templos budistas que alberga y que le ha valido ser reconocida como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Seguimos hacia el norte en dirección a la frontera china, donde encontramos un terreno más montañoso en el que viven algunas minorías étnicas que conservan sus típicas casas de bambú construidas sobre pilares de madera en lo alto de las colinas cubiertas de niebla. En estos parajes tan remotos no hay alojamiento ni restaurantes para turistas –de hecho, no hay ni turistas–, así que hay que adaptarse y vivir como ellos por una noche. Es el precio de la autenticidad. El trato recibido por parte de las gentes de las montañas es exquisito. Son personas de extrema amabilidad y que siempre tiene una sonrisa en la cara. Se nota que todavía no han sido invadidos por la fiebre del turismo de masas ya que los niños nos sonríen sin pedir nada. No mendigan.

Tras avanzar hacia el noreste, nos encontramos cerca de la frontera con Vietnam, donde nos sorprende un brusco cambio climático, con un inesperado e intenso frío invernal que debemos soportar estoicamente mientras nuestros guías intentan acelerar los trámites en la frontera con las autoridades vietnamitas. Superadas las trabas burocráticas entramos en Vietnam y, desde el principio, comprobamos el gran contraste existente entre estos dos países: la circulación en Vietnam es muy intensa. Es como un hormiguero de personas, ciclomotores y, en menor medida, bicicletas y automóviles.

Desde la carretera se ve a mucha gente trabajando en los campos –sobre todo de arroz– y en las muchas tiendas que hay salpicadas a lo largo de la vía, y todos siempre vigilados por la figura del ex presidente Ho Chi Minh que, a pesar de haber fallecido hace más de 40 años, aparece en un sinfín de carteles propagandísticos. A pesar de que el país está resurgiendo en los últimos años y creciendo a un ritmo vertiginoso, el aparato político comunista, con un funcionamiento similar al chino, siempre está vigilante.

Vuelta al pasado en Dien Bien Phu

El primer punto de interés de nuestra visita a Vietnam es Dien Bien Phu. Para los no franceses este nombre puede no decirles mucho, pero este es el lugar en el que tuvo lugar la batalla final que supuso la salida de Francia como potencia colonial de Vietnam en 1954.  Hoy en día el lugar ha mantenido las cicatrices de las heridas de entonces: fortificaciones, trincheras, tanques y cañones dispersos en los campos de arroz ... y un pequeño museo cuenta la historia de la batalla. Como en todo Vietnam, su historia bélica del siglo XX –incluyendo, obviamente, la que enfrentó al Norte y al Sur entre 1965 y 1975– está muy presente en casi cualquier lugar que se visita.

Nuestro recorrido sigue una trayectoria ascendente por sinuosos senderos que discurren a través de las terrazas que forman los arrozales en las cercanías de la frontera con China.

Hemos tenido suerte y nuestra visita coincide con el mercadillo semanal, al que acuden las personas de los pueblos de las montañas, especialmente las mujeres, aportando el colorido de su vestimenta típica. Aprovechamos para almorzar en el mercado tomando una sopa muy sabrosa, rollitos, tofu? todo un éxito de inmersión cultural.

Hablando con la gente nos cuentan que, en unos días, se celebra el Año Nuevo Chino Lunar –Tet– y todas las familias andan muy ocupadas preparando nuevos vestidos, comida, regalos y una planta típica para una celebración que representa la renovación de cara al futuro.

De Hanoi a la Bahía de Halong

La entrada en Hanoi es uno de esos recuerdos que duran toda la vida. Por las calles y carreteras fluye una cantidad ingente de ciclomotores, coches y, en menor medida, bicicletas, que se mueven aparentemente de forma incontrolada y para un occidental verse inmerso en ese mar de caos produce una tremenda ansiedad. Si eres peatón y quieres cruzar una calle, debes reunir valor y, con decisión, invadir la calzada –algunos dicen que, incluso, es mejor cerrar los ojos–, confiando en que los vehículos te esquiven.


La marea de tráfico nos hace desembocar en las calles que forman el mercado de Dong Xuan, donde se puede observar a las mujeres que, ataviadas con el clásico sombrero cónico, venden sus verduras, carne o pescado ante la mirada curiosa de los turistas como nosotros. Con un aire menos oriental se erige el mausoleo de Ho Chi Minh que, siguiendo el más puro estilo arquitectónico comunista, es muy similar al de Lenin en la plaza Roja de Moscú. En su interior alberga un sarcófago de cristal con el cuerpo embalsamado del líder vietnamita.

La capital conserva vestigios de la presencia francesa, ya sea en la configuración urbanística de algunas avenidas, con largas hileras de árboles, o en ciertos edificios, como el de la ópera, la Catedral de San José, el palacio presidencial o el puente de Paul Doumer –rebautizado Long Bien–, de estilo colonial, que cruza el imponente río Rojo. También perviven numerosas pagodas y espacios verdes que actúan como auténticos oasis de paz. Así, el Templo de la Literatura, erigido en el siglo XI en homenaje a Confucio, es considerado la primera universidad de Vietnam. Sobre el lago Ho Hoan Kiem el puente del Sol Naciente conecta con el templo de la montaña de Jade.  En Hanoi casi todo está intacto. Todavía no ha sido alcanzado por el frenesí de otras ciudades del sureste asiático como Hong Kong o Bangkok.

El final de nuestro periplo vietnamita tiene lugar en la Bahía de Halong que, situada a un par de horas de Hanoi en la costa del golfo de  Tonkín, es un paraje declarado Patrimonio Natural de la Humanidad por la Unesco. Su atractivo radica en las 1.600 islas e islotes de naturaleza kárstica que, formando curiosas estructuras geológicas, salpican un área de 4.000 km2. En algunas de las islas de mayor tamaño se encuentran cuevas que pueden ser visitadas, aunque el principal y masificado atractivo turísitico de Halong es la visita a la bahía a bordo de uno de los cientos de juncos o sampanes –embarcación típica de la zona– que hacen las veces de hoteles flotantes y permiten pernoctar a los turistas en el mar.

En busca del santuario jemer

De cara a la próxima edición de nuestro viaje, inauguramos una variante que nos llevará a Camboya, un país asolado hasta hace escasos 15 años por una terrible guerra civil y la herencia del régimen del genocida Pol Pot, que supuso la muerte de casi el 20% de la población de uno de los países más pobres del mundo.

Pero Camboya esconde uno de los tesoros arquitectónicos más importantes del mundo: los templos de Angkor. Se trata de una concentración de templos y palacios erigidos entre los siglos IX y XV por el antiguo pueblo jemer. Durante siglos quedaron en el olvido y fueron prácticametne tragados por la selva, para, desde hace dos décadas, ser recuperados como el principal activo turísitico de Camboya, gracias a la colaboración de numerosos países e instituciones, entre ellas la Unesco que en 1992 los declaró Patrimonio Histórico de la Humanidad.

La visita se realiza desde la ciudad de Siem Reap, situada al norte del país, y muy próxima al área donde se localizan los templos y desde esta ciudad se puede visitar también el Tonlé Sap, la concentración de agua dulce más grande del sudeste asiático, que puede llegar a ocupar una extenión, durante la época de lluvias, de más de 24.000 km2 –diez veces lo que ocupa en la época seca–.
 

 

Todoterreno local

Acceder a Vietnam con un vehículo extranjero es una tarea extremadamente complicada. En función de la frontera por la que intentemos entrar, esta labor puede ser imposible o "solo" extremadamente complicada. Por tanto, es preferible realizar la ruta con vehículos locales, como los elegidos por Globe Trotter para este periplo. Se trata de una flota de Ford Ranger con idénticas especificaciones mecánicas que los comercializados en España –todos son fabricados en Tailandia–, alquilados en Laos y con toda la documentación preparada para reducir al máximo los trámites en los pasos fronterizos.
 

El río Mekong

Con 4.880 kilómetros, el Mekong es el octavo río más largo del mundo y el principal del sudeste asiático. El Mekong nace en China –en la meseta tibetana, a 5.000 metros de altitud– y pasa por Myanmar, Laos, Tailandia. Camboya y Vietnam, formando frontera natural entre China y Birmania o Laos y Tailandia en algunos de sus tramos.

Se estima que el río da sustento a unos 100 millones de personas, ya sea por la agricultura, ya que el limo depositado por sus crecidas –de forma similar a las del Nilo– fertiliza una importante área que permite obtener tres cosechas de arroz al año, o como fuente de pesca, ya que se estima que se capturan 1.300.000 toneladas de pescado cada año.

Asimismo, el Mekong es utilizado como una importante vía de comunicación, sobre todo en su tramo final. No en vano, en el delta de 40.000 km2 de extensión que forma en su desembocadura, al sur de Vietnam, se contabilizan más de 3.200 kilómetros de canales navegables.

 

Los pueblos de las montañas

En la zona montañosa del norte de Laos y, sobre todo en el norte de Vietnam, cerca de la frontera con China, se concentra un buen número de grupos étnicos –"minorías étnicas" es la denominación oficial que reciben por parte del gobierno vietnamita– que viven inmersos en sus tradiciones y alejados del resto de la sociedad vietnamita.

El grupo más numeroso –con mas de 500.000 miembros– de los más de 50 que se reconocen en Vietnam es el H´Mong, un pueblo de origen chino que emigró hacia el sur durante el siglo XVIII. Se trata de una comunidad dividida en linajes y cuya principal actividad es la agricultura. Los H´Mong se subdividen en grupos definidos por el color de sus ropajes: hmong blanco, hmong rojos o flor, hmong negros, verdes, etc.

Durante los fines de semana acuden a los mercados de las ciudades para, además de adquirir elementos necesarios para su día a día –telas, ganado, verduras...–, reunirse con otros miembros de su cominudad.

Algunos de estos  grupos son seminómadas por lo que el gobierno vietnamita intenta sedentarizarlos a través de la construcción de escuelas y la dotación de medios técnicos para el cultivo del arroz, pero la mayoría de estos pueblos son muy fieles a sus tradiciones y, aunque son perfectametne conscientes de cuál es la socidedad en la que viven, mantienen su modo de vida, aunque algunos de ellos ya han aprendido a "vivir del turista".
 

Los templos de Angkor

Al norte de Camboya, en las cercanías de la ciudad de Siem Reap, se encuentra la región de Angkor, donde se ubicó en la antigüedad la capital del Imperio Jemer, que vivió su periodo de esplendor entre los siglos IX y XII, cuando dominó gran parte del sudeste asiático.

Durante estos siglos, en toda esta área se edificó un gran complejo urbanísitico que incluía numerosos palacios y templos –dedicados a la práctica del hinduismo o el budismo, según la época–, llegando a contabilizarse en la actualidad hasta 901 monumentos. A partir del siglo XIII el Imperio Jemer se vio hostigado, primero por los mogoles de Kublai Khan, desde el norte, y luego por el Imperio de Siam –desde el oeste– y los Cham –desde el este–, lo cual, con el tiempo, provocó que la familia real y, con ella, la capital, se trasladase a Phnom Penh y en el siglo XVI se abandonara Angkor definitivamente, excepto Angkor Vat, que siempre ha registrado presencia de monjes budistas.

Tras siglos deshabitada, en los que la selva se encargó de invadirlo todo, Angkor fue redescubierto por los franceses en 1861 y fueron ellos quienes comenzaron la labor de recuperación arqueológica, mientras duró su presencia en la zona.
Después de la independencia, obtenida en 1953, Camboya vivió un periodo negro durante la dictadura –entre 1975 y 1979– de Pol Pot y los Jemeres Rojos que provocó casi dos millones de muertos y una larga guerra civil que no finalizó hasta 1993. A partir de ese momento y con mayor estabilidad política, las autoridades camboyanas, en colaboración con numerosas empresas, gobiernos e instituciones internacionales, trabajan para recuperar el complejo de Angkor.

 
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