Una ruta secreta cerca de todo

Con el Cid por Guadalajara: una ruta secreta cerca de todo

27 Con el Cid por Guadalajara: una ruta secreta cerca de todo
Fotos: Con el Cid por Guadalajara en Dacia Duster GLP
Pedro Madera
Pedro Madera

Un buen lector suele entusiasmarse con la idea de recorrer los mismos sitios que recorren los personajes en sus libros, y a veces no se descansa hasta que se logra. Paisajes salvajes, donde el frío y el calor marcan las estaciones. Para otros son las tierras del Cid. Toda clase de opciones para viajeros polivalentes. Casi lo mismo que sucede con el nuevo Dacia Duster GLP.

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La primavera y el otoño es la mejor época para recorrer esta zona. En primavera los campos de cultivo y las zonas de árboles en flor, como a los almendros lo convierten en un lugar único y poco conocido. El otoño se dilata en varias semanas y lo convierten en la mejor época. Tonos y colores que reflejan muy bien la estación. Además con esos días de anticiclón son los días perfectos para la práctica de cualquier deporte. Trekking y ciclismo son las mejores opciones.

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La silueta del castillo de Torija obliga a salirnos de la autovía y acceder al pueblo por un viejo recorrido de la antigua carretera nacional. Torija parece negarse a crecer. Conserva el aire de los antiguos pueblos castellanos con su Plaza de la Villa en la que destaca el planteamiento radial. Sin embargo todo queda en un segundo plano, detrás de su castillo. Su historia corre paralela a la del municipio, pueden adivinarse sus orígenes del siglo XV, obra de la familia Mendoza, que desde su llegada a Castilla, estuvo vinculada a Torija. Sobre la muralla corre de torre a torre un paseo. Por allí han pasado personajes ilustres como Carlos V, Felipe II o durante la Guerra de la Independencia, el famoso guerrillero Juan Martín «El Empecinado», quien acabó volando sus muros para que no pudieran ser utilizados por las tropas francesas.

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Algo parecido sucede en Molina de Aragón. La carretera es casi una frontera emocional. Al pasar la iglesia, comienza nuestra subida al Castillo Alcázar. Difícil no verlo pues está en lo alto de la Villa, hay que atravesar la carretera nacional mirando bien que no vengan coches. El Castillo tiene dos recintos: el exterior o albacara es muy grande y para su defensa se construyeron numerosas torres cuadradas. En su interior se alza el castillo medieval del siglo XI que conserva seis torres originales, aunque sólo cuatro en buen estado.

Un poco separada, como si estuviera desterrada, la Torre de Aragón se alza majestuosa. Es de forma pentagonal, está rodeada de un recinto rectangular y servía para vigilar si el enemigo se acercaba. En origen, esta torre se comunicaba con el castillo por un pasadizo subterráneo en zigzag. Nuestro Dacia sube sin ningún problema. Y merece la pena.

Después de pasear por sus patios y subirnos a un par de torres, tenemos que abandonar este lugar mágico, donde por un momento hemos sido caballeros y guerreros dispuestos a dar la vida por una doncella, o por un reino. Y es que antes se estilaban estas cosas. Un lugar que a todos nos hubiera gustado hacer con un exin – castillo.

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A Brihuega muchos se acercan en busca de antigüedades, y otros a comer en sus fogones que sirven buena cocina alcarreña. Desde allí el viaje a la Alcarria es inevitable: o Cifuentes, con una plaza mayor soportalada y si hay más tiempo, el camino nos llevará por los lugares del célebre libro de Cela, como Durón y Budía, y por pueblos en los que sobrevive la arquitectura popular alcarreña: Fuentelaencina, Fuentelviejo, Peñalver, Lupiana.

Posiblemente, el poder de algunos pueblos nos llevara hacia el norte. Hay que llegar hasta Muduex y bajar hasta las orillas del río Badiel. En otoño el lugar es bellísimo. Pistas compactadas entre grandes manchas de chopos. Perfecto para la bici y para el coche. Caminos compactados, noches de frío y mañanas soleadas, perfectas para hacer deporte.

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La llegada a Jadraque recuerda a las viejas postales y desde su plaza sale otra pequeña carretera que nos lleva hasta Sigüenza. En paralelo a la Sierra de la Muela y la rivera del Henares. Así entra el Cid a Castejón y la conquista, pero antes hemos parado con él en Jadraque, cuyo castillo domina desde la cima del cerro, en el que se recuestan las casas. Este castillo, llamado precisamente de El Cid, fue mandado construir por el Cardenal Mendoza en 1489, dicen que uno sirvió a Rodrigo Díaz de Vivar para conquistar a los árabes.

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Llevar a la ciudad de El Doncel sirve de descanso. Con su aspecto de fortaleza a orillas del Henares y envuelta en tonos rosáceos, Sigüenza es una de las joyas de la arquitectura castellana, cuya larga historia se muestra sobre todo en su típica plaza castellana con soportales presidida por la Catedral, románica en origen y enriquecida con incorporaciones góticas como su renombrado y enorme, rosetón. Su mayor tesoro es el sepulcro del «Doncel», una magnífica pieza de la imaginería hispana. El Doncel fue en realidad Don Martín Vázquez de Arce, quien encontró la muerte a las puertas de Granada, y el descanso en el frío mármol de la Catedral de Sigüenza. También podremos degustar buena cocina en Restaurante el Doncel.

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Camino de Atienza, por una carretera comarcal, nos paramos a hacer un alto en Imón donde, a tan sólo cien metros del balneario de Baños de Imón, se encuentra una casona señorial del S. XVII, convertida en un magnífico hotel rural, Las Salinas de Imón, que acaba de cambiar de dueño. Todo un lujo para un fin de semana elegante y relajado.

Las salinas hablan del pasado del pueblo. Los campos de cereal y las laderas peladas de sus cercanías lo convierten en un paisaje único, que no a todos gusta…

Hasta la llegada a Atienza se puede convertir en un descanso. Lo que es hoy un pequeño pueblo, que revitaliza los fines de semana, fue en otro tiempo lugar de importancia, de lo que dejan muestra sus numerosas parroquias, tres conventos y dos plazas genuinamente castellanas, la Mayor y la del Trigo, separadas por un arco siempre azotado por el viento, el de San Juan o, popularmente, «de arrebatacapas«.

Atienza es célebre por su fiesta de la Caballada, que se celebra cada Domingo de Pentecostés, reviviendo la gesta de los arrieros de Atienza quienes, bajo sitio de Fernando II de León, y después de cabalgar siete días y siete noches, liberaron a Alfonso VIII, el «Rey Niño», sobrino del anterior y pretendiente al trono de Castilla.

Caminando por las calles de Atienza nos encontramos nuevamente con dos de los alicientes de la zona, la gastronomía y la artesanía. En la calle Cervantes, Modesto Arias elabora inmejorables embutidos de acuerdo a la tradición. En la plaza de España, varias tiendas ofrecen distintas muestras de artesanía popular, prendas de lana, pequeñas antigüedades, recuerdos, en definitiva, de nuestro paso por Atienza.

El pueblo todavía conserva restos de su esplendor en los tres museos que alberga y en la Iglesia de Santa María del Rey, el Salvador, de la Trinidad y la de San Gil, además de otras pequeñas ermitas y edificios más que impresionantes. Aparte de ver iglesias se pueden reponer fuerzas probando los exquisitos platos y dulces que se fabrican de manera artesanal.

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El Cid siguió adelante por «nuestro» camino y nosotros lo alcanzamos ya pasando entre las aldeas de la llamada Arquitectura Negra. Naharros, Robledo de Corpes, donde sus hijas sufrieron la afrenta de sus maridos, Hiendelancina y otras que ya entran en la Alcarria septentrional, como Congostino y La Toba. Hay que guardar un rato para disfrutar de Cogolludo, un pueblo que parece vivir en una eterna obra. Su castillo se desmorona cada año un poco. Sus iglesias que parecen construidas junto a un andamio y un entorno salvaje perfecto para el disfrute.