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Ruta por Siberia en Mitsubishi Montero

Publicado el miércoles 24 de junio de 2020

Siberia nos ofrece un vasto territorio de naturaleza salvaje y asombrosos contrastes, y la mejor manera de recorrer esta indómita región es un todoterreno con tienda de techo como nuestro Mitsubishi Montero.

Franquear los montes Urales significa el paso de Europa a Asia. Siberia incita a la ensoñación, es territorio de aventura, de ciudades históricas y de sencillos pueblos de madera, de carreteras nuevas y pistas miserables, de naturaleza indómita y salvaje, ríos endemoniados y lagos apacibles, escenario de las hazañas de Miguel Strogoff... Y tras miles de kilómetros, al final del camino: el mítico lago Baikal.

Llegar en otoño, como hicimos nosotros, al territorio siberiano tiene un aspecto negativo: la climatología tan martirizante de frío y lluvia. Pero hay que ser positivos: los millones de mosquitos que envenenan el recorrido por Siberia en verano ya han desaparecido, y su otoño, aunque efímero, ha teñido sus bosques de sus seductores tonos ocres, rojizos y anaranjados. La ironía es que tenemos muchas provisiones pero es imposible cocinar al aire libre cuando se pone el sol. Las cenas "frías" son la tónica en nuestras acampadas, y para dormir en nuestra tienda de techo usamos el saco de invierno introducido en el saco de verano; el otoñal frío nocturno en Siberia es inclemente. No nos extraña que cuando se acerca el invierno, el país se congele tan brutalmente.

El imaginario colectivo piensa en Siberia como un lugar lleno de bosques, estepa infinita, mosquitos, pueblos de madera, ríos infranqueables... y es cierto. Ese es uno de los rostros más conocidos de esta zona del mundo. Pero Siberia es mucho más que todo eso; especialmente la ciudad de Tobolsk, que nos deja un recuerdo imborrable. Fundada por los célebres y temidos cosacos, nos envuelve una atmósfera con un romanticismo provincial indescriptible. Han conseguido mantener en su ciudad la huella del pasado cuidada impecablemente para su propio disfrute. No es una ciudad turística, y pocos o casi ningún extranjero se acerca por estos lares por estar fuera de las rutas principales, pero los rusos sí la aprecian. Su refinado Kremlin amurallado, iglesias, elegantes villas alternándose con casas rurales siberianas, jardines... Aquí vivieron la última etapa de sus vidas, ya en calidad de prisioneros, el zar Nicolás II y su familia hasta que fueron trasladados a Ekaterimburgo, donde hasta los niños fueron asesinados brutalmente por los bolcheviques sublevados en 1918. La antigua capital histórica de Siberia ya no tiene ese título, pero nos ha enamorado.

En la gran urbe de Novosibirsk (Nueva Siberia), la tercera mayor ciudad de Rusia, las pequeñas casas de madera de arquitectura siberiana intentan sobrevivir, como antaño ya lo hicieron en estas severas latitudes, entre los grandes edificios modernos de esta gran metrópoli tan dinámica.

La París de Siberia

Vamos alternando el asfalto con las pistas del interior para conocer la esencia siberiana. Algunos pueblos y granjas son pintorescos, pero otros realmente deprimentes. Resulta escalofriante pensar cómo será la vida en estos pueblos en pleno invierno siberiano. No nos extraña que cada vez que los soviéticos enviaban a los presos a los gulags siberianos fuese como si te enviasen literalmente al mismísimo infierno congelado. Es duro leer los testimonios de los supervivientes o las descripciones de muchos atormentados escritores rusos como Dostoyevski en Crimen y castigo.

Las jornadas al volante por el infinito eje oeste-este de Rusia son maratonianas. Podemos pasarnos cientos de kilómetros sin cruzar por un solo pueblo o ciudad. Y es que estas carreteras se concibieron en una época en la que querían evitar que los vehículos y el transporte militar pasaran por pueblos y ciudades para que las tropas se desplazasen más rápidamente y sin ojos curiosos. Tenemos que desviarnos ex profeso para conocer los pueblos siberianos. Nos habían dicho que el eje oeste-este estaba en muy mal estado, pero que muchos tramos estaban en fase de reparación. Serán varios miles de kilómetros hasta que alcancemos el lago Baikal, e innumerables veces nos hemos visto atascados en paradas obligatorias de hasta hora y media por obras de mejoramiento de las carreteras y puentes.

Cuando dejábamos el eje principal, las carreteras nos mostraban su rostro más abrupto con profundos socavones, sin mantener, o eran pistas infectas donde nuestras BFGoodrich mostraban su resistencia.

Y entre obra y obra, puente y puente y tormenta y tormenta, cada vez nos acercábamos más al lago Baikal. Después de más de 7.000 kilómetros desde que salimos de Kalmukia, llegamos a Irkutsk, llamada (exageradamente) por los rusos la París de Siberia y famosa también porque Julio Verne la puso en el mapa para los occidentales, al ser la meta de Miguel Strogoff tras una larga serie de aventuras y desventuras desde Moscú. Y también fue la meta, en 1990, de la úndecima edición del legendario Camel Trophy, disputado a bordo de los entonces flamantes Land Rover Discovery de tres puertas.



Es una gran ciudad, y al entrar en ella nos resulta algo agobiante e impersonal. Una vez relajados, paseamos por sus calles con tranquilidad; las huellas del pasado nos sorprenden en cada esquina de la ciudad con sus características casas de madera siberiana y edificios neoclásicos de corte europeo insertados en un entorno de cúpulas ortodoxas. Irkutsk acaba seduciéndonos, y nos dejamos capturar por su embrujo.

Y también en Irkutsk conseguimos el visado de Mongolia. Por fin ya disponemos del salvoconducto para llegar a la meta que nos hemos propuesto. Su gestión la dejamos para esta ciudad porque no sabíamos cuánto tiempo nos demoraríamos por Rusia, y ya enfilados hacia Mongolia, este era el lugar perfecto por si debíamos esperar a su emisión.

El ojo azul de Siberia

Pero antes de Mongolia, tenemos una cita ineludible. Detenemos el todoterreno ante las olas de una vasta extensión de agua que se pierde en el lejano horizonte, un fuerte viento silbante, playas... pero no, no estamos ante el mar; este maravilloso lugar es el gigantesco lago Baikal, el Ojo Azul de Siberia. Por fin lo hemos alcanzado.

Sus aguas están frías incluso en verano, pero los rusos son duros como nadie, y hasta en invierno son capaces de sumergirse y darse un escalofriante chapuzón sin tapujos. También es cierto que el vodka que tanto les entusiasma se convierte en el empujón definitivo para envalentonarse y zambullirse en las aguas glaciales del lago. Bajo un tímido sol, que intenta zafarse de las negruzcas nubes que descargaron el último aguacero, decidimos probar el típico pescado ahumado del Baikal que ofrecen animadas pescaderas de un mercado junto al mismo lago. El aspecto no es muy sugerente, pero el sabor es delicioso y lo apuramos relamiendo hasta las finas y numerosas raspas que lo vertebran.



El espectacular lago Baikal es el punto más al este al que llegaremos en Siberia, Mongolia está justo al sur de donde nos encontramos, a tan solo unos cientos de kilómetros. Antes pasaremos por una última ciudad rusa: Ulán-Udé. En ella nos despedimos de una de las figuras más icónicas y legendarias de la historia de la extinta U.R.S.S.: Lenin. En Ulán-Udé se erigió un desmesurado busto de Lenin, el mayor del imperio soviético.

En Rusia, recorriéndola paso a paso, somos tangiblemente conscientes de lo inconmensurable que es este extenso país. Si mirando un mapa ya te impresiona, viendo el cuentakilómetros sumar los casi 11.000 kilómetros que hemos recorrido hasta el momento, ya te desborda. Y nos embebemos de sus grandezas y de sus miserias, de sus luces y de sus sombras pero, en definitiva, de un país realmente fascinante.

Hemos disfrutado su naturaleza, que puede ser muy traicionera, de sus nuevas carreteras y miserables pistas, de sus insólitas e inéditas repúblicas, de su híbrido conjunto humano, pero no es un adiós. Es tan solo un "hasta luego", porque hemos de volver a Rusia por tercera vez en esta ruta.

Dejamos Ulan-Udé y recorremos los últimos cientos de kilómetros hacia la frontera mongola. La carretera se va deteriorando tan rápido como lejos va quedando la civilización. Los pueblecitos que salpican este último rincón siberiano ruso que recorremos son desoladores, y los socavones y barrizales que nos despiden de Rusia ralentizan y obstaculizan nuestras últimas etapas hacia la patria de Gengis Khan.



 
 

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