De viaje por Marruecos

Marruecos Atlántico: el Moussen de Tan Tan

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Marruecos Atlántico: el Moussen de Tan Tan
Juan Antonio
Juan Antonio
Música, color, aromas de especias se mezclan en el campamento de jaimas mientras tropeles de jinetes al galope, armados con espingardas, realizan su particular demostración de destreza. Es el plato fuerte del encuentro que cada año reúne en Tan Tan (Marruecos) a las tribus nómadas del desierto del Sahara.


Las siluetas de los dromedarios se perfilan en el horizonte próximo a la costa Atlántica. Rumbo norte, la pequeña caravana se dirige hacia la ciudad de Tan Tan. La imagen me recuerda otra escena vivida hace unos años en el sur de Mauritania cuando me encontré con familias enteras que desplazaban sobre dromedarios todas sus pertenencias. En aquel momento me pareció algo espectacular. Y lo mismo siento ahora.
No ha sido casualidad que me halle en este punto. Mi objetivo es vivir un encuentro humano que ha sido declarado por la Unesco Patrimonio oral e inmaterial de la humanidad: el ´Moussem´ de Tan Tan.
Para llegar hasta aquí mi viaje comienza en la ciudad imperial de Marrakech. Poco se puede decir ya de esta urbe convertida en el que probablemente sea el centro turístico más importante de Marruecos. El ambiente de su medina ha sido la atracción de cuantos viajeros han querido experimentar el hechizo de sus callejuelas, pasadizos y recodos en los que artesanos y mercaderes siguen haciendo el mismo trabajo que hace cientos de años cuando las caravanas llegaban a la ciudad desde el África subsahariana cargadas de productos para vender o intercambiar.
A cerca de dos horas al oeste de Marrakech se encuentra Essaouira, otra de las ciudades conocidas de la costa Atlántica, que sorprendentemente ha conservado el sabor y ambiente que fueron hace años la atracción de personajes como Bob Marley y otros artistas, inspirados por la luz y la vida de esta pequeña ciudad peatonal teñida de azules y blancos. Su puerto, refugio de decenas de barcos pesqueros de madera, parece conservar el espíritu de aventura de aquella época en la que los piratas buscaban refugio después de sus razias por las aguas del océano.
El puerto era punto de paso habitual para las naves de mercaderes que llegaban y zarpaban cargadas con cientos de esclavos. Un comercio que contaba con el beneplácito del Sultán de Marruecos y con la «vista gorda» de los cónsules extranjeros. Lo peor es que este comercio no desapareció hasta principios del siglo XX.

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Para los nómadas, habituados a la dura rutina del desierto -la recolección de leña y alimento, los viajes al pozo para extraer el agua y transportarla a lomos de burro en odres de goma- el encuentro anual de Tan Tan es todo un acontecimiento al que acuden con sus mejores galas y sus caballos y camellos cuidadosamente enjaezados. marruecos01

Muchos de estos esclavos procedían de la zona de Tombouctou. Por un joven se podía pagar tres o cuatro veces más que por un adulto. Por una chica virgen hasta cinco o seis veces más. Si habían conseguido llegar hasta Essaouira, la antigua Mogador, es que eran fuertes para soportar el trabajo al que serían sometidos por sus compradores.

Abdelkarim, un anciano con el que paso un rato de charla en el puerto, me comenta que otro de los productos estrella que llegaba en las caravanas eran las plumas de avestruz. Esta es la razón de su desaparición en el Sahel. Un avestruz adulto podía dar 100 gramos de plumón tipo duvet fino, blanco y de primera calidad; las plumas de las alas y de la cola blanca de los machos, que eran las más solicitadas, representaban unos 250 gramos y las plumas grises y negras unos 1.150 gramos. Un kilo y medio, en total. El mercado de plumas de Mogador llegaba a ser de cinco toneladas al año, para lo cual hacían falta de 40.000 a 50.000 avestruces, lo que da una idea de la masacre a la que fueron sometidas.
Nuestro viaje sigue rumbo sur para explorar la región del Anti-Atlas, una cadena montañosa bastante desconocida para el viajero, que guarda importantes tesoros geológicos, arquitectónicos y humanos.

El Anti-Atlas es una región con una baja densidad demográfica por culpa de las continuas migraciones de sus habitantes hacia las grandes ciudades. La zona es una sucesión de montañas rocosas con bellas formas producidas por gigantescos pliegues geológicos. Una colosal obra de arte.
Por doquier encontramos pueblos de piedra abandonados o casi abandonados, al igual que imponentes construcciones, generalmente situadas en lugares verdaderamente inaccesibles, que fueron en su tiempo graneros colectivos. Esta especie de castillos pétreos, tiene una estructura interior compuesta de pequeñas habitaciones que servían para que cada familia pudiese guardar en ella su recolección de grano. Algunos dicen que el origen de estas fortificaciones se debe a dos razones. La primera era garantizar la supervivencia durante los periodos de sequía. La segunda, defender su cosecha de los ataques de facciones bereberes tradicionalmente enemigas y de los nómadas del desierto, que ascendían hacia el norte para robar grano y llevárselo a sus campamentos del sur.

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La ruta discurre en gran parte por los palmerales del Draa. En ellos encontramos antiguos caseríos deshabitados pero también pulcros poblados de adobe llenos de vida en los que resulta inevitable dejarse atrapar por los llamativos atuendos de la curtida gente del desierto. marruecos05 Las sequías obligaron a los antiguos pobladores de los pueblos bereberes a construir silos comunales en los que atesorar el grano de sus cocechas. Al mismo tiempo, estas fabulosas fortalezas servían para defender su sustento de la rapiña, las razias y los robos de comunidades enemigas.

La fortaleza servía así mismo de refugio para los habitantes del pueblo. Tenía hasta sala de oración y de abluciones para solicitar la ayuda divina.
Pero no son sólo estas magníficas construcciones las que atraen la atención del viajero. Desde hace años siento gran fascinación por el arte rupestre, y el sur de Marruecos es un extraordinario museo al aire libre que recoge el legado de los pastores que hace más de 7.000 años recorrían estas tierras.
Sobre la roca dejaron tallados petroglifos que representan la vida en aquella época fértil, en el mismo lugar donde ahora todo es aridez. Rinocerontes, elefantes, jirafas, avestruces y muchos animales más compartían su existencia sobre los verdes mantos y entre la rica vegetación que poblaba la región.
Los pueblos del Anti-Atlas construidos con las piedras del lugar, forman también parte del Patrimonio Cultural de Marruecos, aunque, por desgracia, el cemento está masacrando la belleza de la arquitectura tradicional. Las nuevas construcciones, no solamente afean el paisaje urbano, sino que impiden a sus habitantes disfrutar de las cualidades térmicas y aislantes de la piedra. Las nuevas casas son hornos en verano y neveras durante el invierno.

Sin embargo, no todo el mundo quiere vivir en construcciones fijas. En nuestros días siguen existiendo importantes comunidades nómadas que prefieren tener como techo el tejido de sus jaimas y la impresionante bóveda celeste. Se desplazan con dromedarios y burros y visten de un modo muy particular, sobre todo las mujeres que son las encargadas de hacer las labores más duras de esta sociedad. Los vivos colores de sus túnicas, kaftanes y velos destacan sobre el armónico tono ocre de las tierras que les rodean.

La característica principal de su existencia es el movimiento continuo. Búsqueda de pastos para el ganado, recogida de leña para la cocina y transporte de agua desde los pozos, constituyen las tareas diarias de las mujeres de estas comunidades.

Para la recogida de agua ya no utilizan cántaros sino odres construidos con cámaras de neumático. Los niños aprenden el trabajo y ayudan en la medida de lo posible a las madres en sus tareas. Los burros son los encargados del transporte del preciado elemento hasta las jaimas en las que encontramos todo lo imprescindible para la subsistencia. Nada de lujos, todo sirve para que la vida diaria se lleve de un modo lo más digno y cómodo para sus habitantes.

Guelmin, la antigua Aouguelmin, hoy puerta del desierto, tuvo sus orígenes a finales del siglo XVIII cuando Mohammed Beyrouk, jefe de las facciones tribales Ait Moussa, construyó su primer fuerte o kasba. Después reunió tropas de esclavos a las que organizó militarmente y se constituyó en una especie de sultán de un pequeño reino que fue reconocido por los nómadas locales.

Hoy la ciudad de Guelmin se está modernizando, pero su parte central sigue guardando parte de la importancia que tenía en su tráfico comercial entre los pueblos del sur y las ciudades del norte. Sus callejuelas mantienen un importante comercio con tiendas destinadas a la venta de tejidos y vestidos tradicionales de los pueblos saharauis. Un buen lugar para hacer un alto y charlar con la gente.

Desde Guelmin hasta Tan Tan la ruta se interna en zonas más áridas en las que las grandes rectas son las vías de comunicación hacia el sur. La vegetación es casi inexistente y las poblaciones nómadas se esfuerzan en encontrar pastos con los que alimentar a sus rebaños.

Y a pocos kilómetros de la desembocadura del Draa en el Atlántico aparece Tan Tan, una ciudad que ahora respira un gran aire festivo por la celebración anual de un Moussem, especie de reunión o feria. A las afueras de la ciudad, en las planicies que ya seguirán hasta Mauritania, se ha instalado un magnífico campamento con cientos de tiendas en las que el viajero podrá admirar, concentradas, todas las riquezas culturales del sur sahariano de Marruecos. Los aledaños están plagados con decenas de tiendas de nómadas que han acudido desde los rincones más remotos del desierto.

A los lados de un gran terreno central se han dispuesto una serie de tiendas temáticas. Las jaimas negras son desmontables para poder ser transportadas. y están constituidas por un armazón de madera y un toldo, el ‘frig’, que sirve de cobertura.
La jaima es el elemento esencial del patrimonio cultural hasaní (pueblos saharauis). Al mismo tiempo, ese espacio es el núcleo elemental de la estructura social de los nómadas y refleja su identidad y cultura en el tiempo. El frig es una producción exclusiva de la mujer hasaní y está confeccionado con pelos de cabra y dromedario.

En una tienda podemos ver los vestidos tradicionales de los pueblos saharauis y sobre todo admirar la manera de vestir de sus mujeres. La ‘melfa’ es el vestido de la mujer mora. Enrollarse estas telas sobre el cuerpo es todo un arte. Primero se dobla de forma armoniosa como el sari indio. El primer enrollamiento de la tela empieza por el hombro izquierdo, cubre la espalda y luego el pecho pasando por debajo de los brazos. El color se ha unido a la finura del drapeado y de las transparencias.

El traje moro tradicional masculino se compone de cuatro piezas principales: un vestido largo y flotante, un pantalón amplio y ancho, el turbante y las sandalias ligeras. El ‘derra’ es una camisa muy larga compuesta por tres tiras de percal ensambladas por largas costuras dobladas y plegadas en los hombros.
En otra tienda se pueden observar los objetos de artesanía que utilizan en la vida cotidiana. Estos nómadas tienen una gran destreza en la confección de objetos de cuero y de madera. Con el cuero elaboran arneses, cojines, sandalias o bolsas de utilidad diaria. Con la madera, principalmente de acacia, construyen pequeños armarios y cofres para sus jaimas, platos o las estructuras de las sillas para montar en dromedario.

Próximos a esa tienda encontramos a otros artesanos realizando trabajos con plata y bronce, principalmente joyas y otros elementos de adorno corporal como pulseras y anillos. Los del peinado se elaboran con piedras preciosas.

Bajo otra jaima se expone el arte de la medicina tradicional. Los saharauis disponen de una farmacopea muy rica e íntimamente ligada a los recursos del desierto. Esencialmente de origen vegetal, estos tratamientos mezclan sutilmente especias conocidas como el tomillo, la salvia, el romero, el comino, la albahaca o la hierba Luisa, con un recetario que engloba todo un abanico de fórmulas destinadas al uso humano o para el ganado.

En otro punto encontramos a niños saharauis recibiendo las primeras suras o lecciones de religión. Las tablas coránicas son ya de por sí pequeñas obras de arte caligráfico de gran belleza y sobre ellas los niños escriben a mano, para memorizarlas, las enseñanzas del Islam.

Pero lo que más cautiva a la gente que se ha concentrado en esta especie de feria es, sin duda, la demostración de habilidad de los jinetes. Procedentes de diversos puntos del país, cabalgan a gran velocidad, fusil en mano, regalándome imágenes de gran belleza por su elegancia, movimiento y plasticidad. Varios jinetes comienzan a avanzar en línea. A la voz de uno de ellos, el grupo se arranca a galope tendido hasta que el jefe del grupo anuncia el disparo de las largas espingardas con llave de chispa que cada uno lleva consigo. El estruendo inunda todo el campamento mientras el polvo levantado por los caballos, el humo de la pólvora, las formas de las telas al viento, los escorzos de los jinetes erguidos sobre sus monturas, la luz, todo, forman una escena propia de un cuadro de Velazquez.

El evento ha cobrado importancia internacional y en esta edición el príncipe Moulay Rachid, hermano del rey Mohamed VI, ejerce de anfitrión del jeque Cheikh Ben Zayed, representante del gobierno de Emiratos árabes, como invitado de honor del Moussem de Tan Tan 2014. Es, sin lugar a dudas, un magnífico momento para vivir en primera línea la todavía desconocida cultura de los pueblos del Sahara marroquí.

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El largo camino se hace ameno por la variedad de pistas y escenarios todoterreno. Paisajes a menudo impresionantes a pesar de la aridez del territorio. Y el premio final en el Moussem de Tan Tan bien vale el esfuerzo.

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Además de las espectaculares galopadas, las jaimas temáticas, las demostraciones de vuelo de halcones, los bailes y veladas artísticas, las actividades dedican atención especial al dromedario, con carreras, desfiles y ‘concursos de elegancia’ de soberbios ejemplares.