Nuestras primeras etapas por Alaska nos llevaron a establecer los campamentos en medio de tupidos bosques cubiertos de nieve en noches sin luna. La primera noche cenamos tiritando dentro del coche en el bosque del lago Deadman («Hombre Muerto»). De repente, un espectro sigiloso se acercó hasta nosotros y nos cubrió. Nos envolvió con un seductor baile de luces y colores que nos transportaron a un sueño difícil de crear con la imaginación. El velo multicolor de seda celestial se retorció vehementemente y deseamos que ese asombroso espectro que se elevaba sobre nosotros no se disipase nunca. El estremecedor frío que sentíamos se nos olvidó, al mismo tiempo que el tazón de sopa que nos estábamos tomando cuando salimos apresuradamente del coche. Si no fuese por la gruesa capa de nieve que cubría el suelo, nos hubiéramos tumbado para contemplarla mejor. Tras varios minutos de magia, la intensa luz verde con resplandores malvas fue desvaneciéndose como un espejismo. El cielo infinitamente negro lo volvió a invadir todo con chispazos de infatigables estrellas que intentaban volver a acaparar la atención sobre ellas.
Por la mañana estaba lloviendo y fue complicado desmontar el campamento. Con todo empapado no podíamos usar los guantes y las manos, por el frío intenso, casi no nos permitían asir nada a los pocos segundos. Estábamos en la transición de la glaciación anual y tan pronto es imposible ver a pocos metros debido a una ventisca de nieve como de súbito hace un día espléndido. Delta Junction es un pequeño cúmulo de casas en la estepa, pero nos supone otra meta conseguida. Al llegar a este punto, habíamos recorrido totalmente la célebre carretera Alaska Highway, que, tras 60 años de vida, se ha convertido en un mito por estas tierras.
Día hermoso, noche terrible
Las montañas de nieves eternas campan a sus anchas mientras los lagos van solidificándose uno a uno. Tan pronto nos vemos inmersos en un invierno de naturaleza pelada parda y gris como resplandece por efecto de la nieve allí donde las nubes han decidido comenzar a desplegar su blanquecino manto sobre la superficie terrestre. Cuando el día es tan hermoso, sabemos que la noche va a ser terrible, las temperaturas caerán en picado tan pronto como la fogosa estrella incandescente se desvanezca. Pero si llueve, está encapotado o nieva, la noche será más suave y «sólo» bajará a -4 o -5ºC.
Con días radiantes, los altos son constantes y algunas pistas se vuelven transitables. Por ello pudimos adentrarnos en esta época por el Parque Nacional Denali, donde se encuentra el pico más alto de los Estados Unidos, el monte McKinley, de 6.194 metros. Los indígenas americanos lo han llamado generación tras generación Denali, «el alto». Por sus tierras habitan osos grizzlis con los que no tuvimos la ocasión de encontrarnos; están apurando las últimas ocasiones que les quedan para engullir todo lo que se le ponga delante antes de hibernar durante meses.
Las acampadas se suceden y el momento más penoso se produce tras la cena, cuando tenemos que cambiar nuestros atuendos para introducirnos en nuestros cálidos sacos de dormir. Parecía imposible, pero poco a poco nos vamos acostumbrando a comer usando el salpicadero como una minúscula mesa y a trabajar en el asiento del coche con el portátil Fujitsu apoyado en las piernas.
La nieve siempre está acechando. Dentro de poco, las pistas y carreteras secundarias se comenzarán a cerrar engullidas por metros de nieve. Los partes metereológicos de la radio son vitales para no meternos en un callejón sin salida entre abrumadores paisajes.
Anchorage está ubicada en un rincón que expresa todo lo que simboliza Alaska. Ríos y lagos por doquier y, al levantar la vista, ahí están sus colosales montañas nevadas. Su presencia se nos revela tan amenazante como hermosa en este asentamiento creado en 1914 como centro ferroviario de Alaska. Con el descubrimiento de petróleo, el gas natural, la pesca y la creación de dos importantes bases militares, su población ha visto cómo ha ido aumentando el número de sus habitantes a lo largo del siglo XX, hasta convertirla en la ciudad más importante de Alaska.
La presencia del Océano Pacífico, por el costado que las montañas dejan libres en la ensenada de Cook, depara a sus habitantes no pocas tranquilizadoras sorpresas. Las repentinas tormentas, la bruma y las mareas con nueve metros de diferencia impiden la navegación en el extremo norte de la bahía, quedando sitiada por el hielo entre noviembre y mayo. En ella hay varias islas y, en la mayor de ellas, la denominada Agustina, hay un volcán en activo. Esta zona es geológicamente inestable y la actividad volcánica y los terremotos son habituales. En 1964, el terremoto que se produjo con una intensidad de 9,2 en la escala Richter (10 es la hecatombe total) se registró como uno de los más potentes que se han manifestado en Norteamérica, destruyendo buena parte de la ciudad de Anchorage.
Aunque por tierra hay que someterse a la exigencia de un solo camino, existe otra forma de recorrerlo: por mar. En contraste a la terrestre Alaska Highway que hemos recorrido para llegar a Alaska, vamos a probar la «Alaska´s Marine Highway», como ha sido bautizada la compañía naviera que explora este estado desde el mar. Sus cómodos ferries permiten viajar con tu propio vehículo y bajarte en cualquiera de sus curiosas escalas.
Sin alcanzar las siete horas de navegación, arribamos a la capital de Alaska. Juneau es uno de los referentes del estado más extenso de EE.UU. y, sin embargo, no podemos llegar a ella por tierra; los únicos medios son el barco o el avión. Los alrededores de Juneau son sencillos de explorar, puesto que la capital sólo cuenta con 75 kilómetros de carretera. Y cuando llegamos al final de ellos… se acaba todo lo que podamos hacer con nuestro todoterreno por tierra. La ciudad nos cautivó tanto por su arquitectura como por su insólita ubicación, derramándose desde las colinas hasta llegar al gélido mar.
Las montañas costeras aprisionan a Juneau junto al mar, pero en sus alrededores uno de sus más antiguos residentes, el adormecido glaciar Mendenhall, persuade a sus improvisadas esculturas de icebergs a deslizarse por un recoveco del lago del mismo nombre. El río Mendenhall será el emisario facultado para orientar a sus frágiles y vagabundos vestigios glaciares hasta el océano mientras van disipándose durante la travesía. Dejamos Juneau tras nosotros a bordo de otra confortable nave de la Alaska´s Marine Highway.
Navegamos durante 36 horas entre los canales más estrechos del archipiélago Alexander, en el golfo de Alaska. Los bosques casi nos abrazan y nos deslizamos tan cerca de solitarias casas que se puede saludar a sus ocupantes, pescadores o jubilados que se apartan del mundo. Mientras contemplamos una fabulosa puesta de sol sobre el Mar de Alaska, recordamos el soberbio espectáculo que nos ofreció la Aurora Boreal en una tierra de extraordinarias proezas.

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