Paraíso del 4x4

Ruta por Islandia: La hija del volcán

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La confluencia de las placas americana y euroasiática hacen de Islandia un lugar de gran inestabilidad sísmica.
Marian Ocana
Marian Ocana
Con solo 20 millones de años, es la isla más joven de Europa. Esta adolescente apasionada, bautizada con el nombre de Islandia, surgió de lo más profundo de nuestro planeta cuando una erupción volcánica del fondo marino catapultó al exterior magma hirviendo desde las entrañas de una Tierra que hoy sigue en plena ebulición.


Varada como una ballena en el colérico Atlántico Norte, la joven y bella Islandia roza con los dedos el Círculo Polar Ártico, pero es mucho más cálida y cercana de lo que aparenta cuando la vislumbramos en una remota esquina del mapa de Europa.
Durante el verano, no nos lo pueden poner más fácil: vuelos directos desde Madrid o Barcelona nos trasladarán, en tan sólo cuatro horas y media, a Reykiavik. Mientras discurre el estío en España, podemos huir del asfixiante de calor y bullicio dirigiéndonos a un paraíso de imponente y pletórica naturaleza, donde la temperatura nunca supera los 20º C. Islandia no deja indiferente a nadie, no puede, es imposible con los tesoros geológicos que posee.
Reykiavik, «la bahía del humo» por la presencia de los vapores emanados de las fuentes termales de los alrededores, es la capital y también la ciudad más poblada, albergando la mitad de los isleños. Desde la cosmopolita capital, ponemos rumbo hacia el norte no sin antes zigzaguear por los abruptos acantilados de la costa Oeste. Entre ellos, la península de Snaefellsnes es un lugar emblemático y todos la conocemos desde nuestra más tierna infancia gracias a los clarividentes relatos de Julio Verne. En «Viaje al centro de la tierra», la acción se sitúa en uno de los casi 200 volcanes que existen en la isla boreal, el Snaefellsjökull (1.446 metros).
Silueteando fiordo a fiordo la costa islandesa, seguimos constatando la importancia del mar. El mar permitió llegar al ser humano a la enérgica isla y es el mar el que le proporciona su mayor riqueza por su prolífica pesca. Por ello, las pequeñas poblaciones costeras, de apenas unos cientos de personas, anidan en los huecos más apacibles de sus espectaculares fiordos.ruta islandia 11

Una tierra poco generosa

Cuando nos alejamos de la costa, son las planicies y colinas recubiertas de pasto las que nos presentan la tenacidad con la que el hombre ha intentado asentarse en una tierra muy poco generosa. Las aldeas costeras desaparecen y el paisaje se vacía, aún más si cabe, de presencia humana para dejar paso a esporádicas granjas que se dedican a la ganadería. Las ovejas y los caballos islandeses se convierten entonces en los verdaderos señores de las tierras.

Entrar en Akureyri es imprescindible; su privilegiado enclave y benigno clima la han convertido en la única ciudad, aparte de la capital, de Islandia… con sólo 16.000 habitantes. Es siempre una parada providencial para aprovisionarse y seguir bordeando los fiordos que continúan configurando el entorno de la isla. Un alto ineludible para deleitarse con una de sus más espectaculares cataratas: Godafoss, «La cascada de los dioses». Sus aguas son las protagonistas de un relevante episodio histórico, cuando un colono vikingo arrojó las estatuillas de los dioses nórdicos a sus tempestuosas aguas para abrazar el cristianismo. Transcurría por entonces el año 1000. 

Con el cielo encapotado y el viento soplando con bravura, volvemos a introducirnos tierra adentro para recorrer el Parque Nacional de Jokulsárgljúfur. La mitología vikinga nos ha proporcionado relatos realmente imaginativos. En uno de ellos nos narra cómo el dios nórdico Thor, con su caballo de seis patas, abrió la brecha de este descomunal cañón. Pero podemos decir que la realidad supera a la leyenda. Una cadena de violentas erupciones volcánicas y terremotos, junto con la erosión de un río glacial, fueron los auténticos protagonistas de forjar el accidentado entorno. El valle está tapizado por un tímido bosque de arbustos aspirantes a árboles que son uno de los pocos reductos arborícolas que recubren Islandia. Un país donde los bosques autóctonos dejaron de existir hace muchos siglos, sacrificados para proporcionar a los vikingos colonizadores casas y fuego. Siguiendo el cañón, podemos alcanzar la soberbia cascada de Dettifoss, su grandiosa nube vaporizadora y su eco atronador anuncian su presencia. Sus grises aguas se precipitan vehementemente en medio de un paisaje desolador desde una altura de 44 metros, convirtiéndolas en las cataratas más caudalosas de toda Europa.

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Por un paisaje de atormentada desolación y aún resonando en nuestros oídos el rumor ensordecedor de las tumultuosas aguas de las cataratas, alcanzamos el asombroso Lago Mývatn. Por el camino, el cráter Viti aloja una preciosa laguna azul turquesa y desde su borde recorremos todo su perímetro admirando el desértico paisaje que nos rodeaba, al tiempo que numerosas fumarolas nos anuncian la existencia de una planta geotérmica próxima.

ruta islandia 17 2La tierra hierve

La visión que nos envuelve en Leirhnjúnkun es de una dimensión apocalíptica, como si nos estuviéramos aproximando a las puertas del averno. Hasta el intenso olor a azufre parece indicar lo inevitable. Fumarolas abriéndose paso entre un campo de negruzca lava retorcida y pozas de agua burbujeante causada por sus fogosos 80ºC. Un amenazante cielo encapotado deja escapar una fina lluvia dando lugar a un escenario de salvaje belleza, pura y descarnada. No menos que el escenario del campo de lava de Dimmuborgir, donde se nos ofreció un sorprende recital de lava caprichosamente solidificada tras la breve explosión de vida que le vio nacer hace cientos de años. Este museo al aire libre juega con nuestra imaginación y tan pronto nos parece ver la fachada de una iglesia gótica como la figura de un dinosaurio atrapado. Grietas como las de Grjótagjá, que albergan ardorosos manantiales a 50ºC, cráteres como los de Skutustadagígar, donde las riadas de lava atraparon reductos de agua, pozas de barro efervescente invadiendo la atmósfera de un hedor desconcertante, antiguas burbujas de lava explosionadas y tortuosas. De este mundo real de fenómenos naturales que podemos palpar con nuestros sentidos, nos dirigimos al este del país, donde la población ubica la existencia de los llamados «seres ocultos», como los elfos y los trolls. Seres fantásticos del universo nórdico íntimamente relacionados con las fuerzas ocultas de la naturaleza. Y tras un solitario paisaje lunar, la vida brota de nuevo en los rincones más clementes de los fiordos. Fiordos que precipitan por sus encumbrados acantilados inagotables cascadas. 

Nuestra última cita la hemos reservado para el extraordinario glaciar Vatnajökull. Por él, los colonos vikingos eligieron el nombre de «Iceland» para su recién estrenado hogar. Un impresionante casquete glacial de 8.300 km2. Como si se tratase de una gran caldera llena de espuma desbordándose sin cesar, así van apareciendo por una avenida de kilómetros y kilómetros innumerables glaciares de imponente presencia. A medida que avanzas junto a ellos da la impresión, por su proximidad, de que vamos a ser devorados por su lengua de hielo. Su colofón espectacular lo presenciamos al alcanzar el lago Jökulsárlón, donde colosales icebergs navegan serenos por sus gélidas aguas. La playa de Vik, con sus negras arenas, que evidencian su tumultuosa procedencia, nos despiden de esta sobrecogedora travesía por una isla repleta de sorpresas. Los acantilados han sido tan salvajemente azotados por el vehemente viento y el tumultuoso oleaje que han quedado despedazados en medio del océano. Pero aún se yerguen testarudamente como dedos de una mano que se niegan a ser engullidos por el océano.

Resulta apasionante que aún podamos encontrar en Europa vastos paisajes sin aglomeraciones ni tensiones donde la belleza y la paz se conjugan sobre una tierra que está en constante transformación por el capricho de dos de los más poderosos dioses de la naturaleza: el fuego y el hielo.

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