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Por el Valle del Alberche y Tierra de Pinares

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Por el Valle del Alberche y Tierra de Pinares
Pedro Madera
Pedro Madera

Ávila no podría, aunque quisiera, permanecer ajena a la cercanía de Madrid. Miles de madrileños, tampoco. De modo que la llamada Tierra de Pinares y los alrededores del pantano de El Burguillo se convierten, sobre todo en los meses de verano, en un referente del clima benigno y la buena vida.


Las opciones son numerosas. Alojarnos en Ávila y disfrutar de su casco histórico dentro de las murallas o disfrutar de los alrededores, como el excelente campo de golf de Naturavila, donde además podemos recargar nuestro coche.

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Al salir de Ávila por la carretera N 403 en dirección a Toledo, hay que detenerse a cinco kilómetros en el Santuario Diocesano de Nuestra Señora de Sonsoles. Ésta es la patrona de Ávila, a quien se le profesa una devoción indiscutible; prueba de ello es, si se permite la digresión, el que haya en la ciudad menos Teresas que Sonsoles. Un lugar que transmite una magia especial. En el interior se encuentra la talla de la Virgen, a la que los devotos acostumbran siempre a vestir con lujosas telas.

Por supuesto que la tradición y la leyenda, como casi siempre, no se ponen de acuerdo al establecer los orígenes de la imagen. Uno de los intentos de explicar el nacimiento de la Ermita de Sonsoles lo relaciona con el traslado de los restos de San Zoles desde Córdoba a tierras cristianas, por parte de cristianos mozárabes, o cristianos viejos en época de la reconquista. En su andadura parece que estos hicieron una «statio» una parada temporal en el lugar que hoy ocupa, y construyeron una pequeña ermita para que la gente de los alrededores pudiera venerar los restos del santo, como entonces señalaba la ortodoxia.

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A pocos kilómetros del santuario, después de una continuada y suave ascensión, se llega al puerto de La Paramera; desde ese mirador se comprende perfectamente el por qué de su nombre: conforme se va subiendo se abre ante la vista un auténtico páramo a 1.395 metros de altitud. El descenso del puerto hacia El Barraco, a 8 kilómetros, es un excelente mirador natural.

No son muchos los pueblos que puedan jactarse de tener al mismo tiempo una casa municipal de 1565 – con el escudo de Don Juan de Águila, uno de los valerosos capitanes de Felipe II –, una increíble infraestructura de fabricación y venta de prendas de cuero, y un subcampeón del Tour de Francia en la persona de Angel Arroyo.

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Tras haberse adentrado el viajero en la historia de El Barraco, no sin antes conocer el «sancta sanctorum» de Don Casimiro, la iglesia, del siglo XVI, en cuyos bancos se fraguó el porvenir del pueblo, hay que volver al principio de la localidad, por donde se entró, y tomar la carretera C 500 en dirección a Navalmoral. Deben ponerse casi los cinco sentidos para no despistarse, puesto que no existe señalización: justo a 4 kilómetros de El Barraco, al salir de San Juan de la Nava, debe tomarse el desvío hacia Navaluenga. Por una estrecha carretera, de irregular firme, se desciende al fértil Valle del Alberche. En la bajada, unas vistas invitan a detener el coche y contemplar en su integridad un paisaje de viñas en las terrazas de las lomas, encinas y vegetación de galera, fresnos sobre todo, a lo largo del arroyo del Chorrerón.

Y si en los prolegómenos de esta ruta se mencionaba el carácter turístico y veraniego de algunos pueblos del Alberche y la Tierra de Pinares, ha llegado el momento de comprobarlo en Navaluenga, que parece haber perdido para siempre su viejo aspecto de caserío en favor del progreso y el solaz de los veraneantes. Sus piscinas naturales y su Puente son reclamo suficiente para entender el verano de otra manera.

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Lo frondoso de la vegetación que florece a ambos lados de la carretera AV 902 – a 7 kilómetros está Burgohondo – señala claramente que ya se transcurre por el valle del Alberche propiamente dicho. Como antes, vuelven a aparecer entre lomas viñas aisladas, y chopos que delatan la proximidad del río y los arroyos que a él ceden sus aguas. Sólo por la riqueza de colores, y olores, de esta breve extensión de la ruta, entre cañadas y gargantas, ya se justifica de sobra el tiempo empleado en llegar a Burgohondo, un pueblo que también ha recibido, como el anterior, la influencia del turismo estacional: jóvenes en motocicleta, peregrinaciones a las piscinas, chalets y casitas casi por todas partes.

Del pasado, Burgohondo ha conservado como pieza más sobresaliente la abadía de Nuestra Señora de la Asunción, donde resolvieron establecerse en el siglo XIV unos monjes regulares de San Agustín a cuyos aledaños llegaron pastores y labriegos que poblaron rápidamente aquel «burgo hondo».

Para continuar con la ruta propuesta, visitado Burgohondo, no faltan curvas que desafían literalmente la topografía de un terreno dominado por los pinos. Volviendo como se decía a la carretera de El Barraco a El Tiemblo, hay que atravesar el pantano de El Burguillo y la presa de éste para después llegar a El Tiemblo; en total, desde el anterior cruce, 12 kilómetros.

En El Tiemblo aún parece que las gentes del lugar, arraigadas al pueblo y su tradición, se han acostumbrado ya a convivir con el «jaleo de los domingueros» y de aquellos afortunados que han establecido su segunda residencia en algunas casitas cercanas a El Burguillo. Al final del pueblo se toma la carretera que lleva hasta Cebreros, a 7 kilómetros, por un paisaje menos cerrado que por el que se ha circulado hasta ahora, con predominio de cultivo de olivos y vides con las que se elaborará su famoso vino. Parece que ahora las Viejas garnachas viven su edad dorada con alguna Bodega que llega a los 100 puntos Parker.

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Sorprende en Cebreros la monumental majestuosidad de la iglesia parroquial, atribuida – como sucede en muchas localidades cercanas a San Lorenzo del Escorial – a Juan de Herrera; por el aspecto sólido y renacentista del templo, así lo parece, más nadie ha podido demostrarlo.

Ha de salirse de Cebreros por la AV 502 para ir a Hoyo de Pinares, a siete kilómetros, adonde se llega después de atravesar el río Becedas. Hoyo de Pinares es otro de los pueblos veraniegos de la zona, donde la juventud flotante del verano acude por las noches en busca de la diversión que allí nunca falta. Debe seguirse por idéntico camino 13 kilómetros más hasta Navalperal de Pinares y allí tomar la C 505 que en seis kilómetros conduce a Las Navas del Marqués.

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El motivo por el que se propone esta extensión – un camino que habrá de ser desandado posteriormente para volver a Ávila – es la visita al castillo de Magalia. Está montado sobre unas rocas en el extremo Este de Las Navas del Marqués, y desde él se domina completamente el pueblo. Se construyó en el siglo XVI, probablemente sobre restos anteriores, con su característica planta rectangular con torres en las esquinas desigualmente distribuidas. Propiedad original de la casa de los Dávila, se transmite por herencia hasta que, por matrimonio, pasa al ducado de Medinacelli.

De Las Navas del Marqués – tras visitar los restos del viejo convento de San Pablo, fundado por don Pedro Dávila, primer marqués de las Navas y señor de Villafranca en 1547 – a Navalperal de Pinares , por la misma carretera por donde se llegó. Y de allí a Ávila. Se deja a un lado del camino La Cañada, localidad veraniega que aumenta año tras año el número de chalets que se agrupan en torno al caserío, sobre todo por la cercanía de la estación de ferrocarril. Al salir se inicia el ascenso al alto de Valdelavia. En el puerto de las Pilas, antiguo camino real, puede hacerse una última parada y, quizá, tomar una buena fotografía de la garganta del Gaznata. Pasando Tornadizos de Ávila se llega de nuevo a la capital.

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PUNTOS DE CONEXIÓN

En Ávila.
Naturavila. España 05003 Ávila
Lienzo Norte, Av. de Madrid, 102, 05001 Ávila

En El Barraco
Museo de la Naturaleza «Valle del Alberche». Urb. Los Chopos, 12, 05110 El Barraco, Ávila.

En Las Navas del Marqués.
En Concesionario de Renault. Plaza del Cristo.