Imagínate la escena: Salón del Automóvil de París 2022. Nuevos modelos de marcas tradicionales, primeras propuestas de marcas chinas y prototipos eléctricos prometiendo futuro. Tus ojos -los míos- se clavan en una silueta que parece escapada de los años 60. Un deportivo de capó interminable, dos jorobas tras los asientos y una agresividad contenida pero sugerente. Te acercas, admiras sus curvas y le preguntas al caballero que está a su lado, con pelo canoso y ya una cierta edad: «¿cómo se llama esta maravilla?». Con un inconfundible acento del sur de Francia me responde sonriendo: «CID Babieca«. Se me dibuja una sonrisa como una raja de sandía en la cara. “¿Babieca? ¿Cómo el caballo del Cid Campeador?”. Pido explicaciones…
El CID Babieca es la materialización del sueño de un hombre: José Cabrerizo, nombre “muy francés”. Un jubilado de Toulouse que, en lugar de dedicarse a la petanca, decidió invertir seis años de su vida, sus ahorros y sus noches en vela para construir el coche de sus sueños. Con un nombre de pila tan español como su criatura, Cabrerizo es un antiguo mecánico, carrocero y soldador que quería lanzar un grito de orgullo:»¡en Francia también podemos fabricar coches preciosos!». Me sigue crujiendo el nombre del vehículo cuando se trufa de detalles tricolores y de claim patriótico hacia el país vecino.

CID Babieca ¿Caballo o cheval?
Pregunto a Cabrerizo si no hubiese encajado más, viendo su filosofía de producto, denominar al coche Marengo, en honor al caballo árabe de Napoleón, o Savoye, ese caballo conocido por su belleza y que montaba Carlos VIII de Francia. Sus raíces hispanas asoman… De cualquier modo, el logo, cómo no, es la silueta de un caballo encabritado -no, nada que ver con el Cavallino-.
Pero vayamos al resultado: lo primero, el mérito que tiene crear desde cero no solo la carrocería, sino también el chasis en su propio taller. Estéticamente, es una barchetta en estado puro: no tiene parabrisas, el interior es una mezcla artesanal de fibra de carbono, metal y cuero, y cada panel de su carrocería ha sido moldeado a mano por el propio Cabrerizo.
A nivel diseño, y analizando sus líneas, el CID Babieca se revela como homenaje a los deportivos de competición de los años 50 y 60. Su ADN estético bebe de los legendarios Jaguar D-Type y Mercedes 300 SLR, de los que hereda mucho en su silueta general e incluso esas jorobas aerodinámicas tras cada asiento. Sin embargo, su rostro dispara a Italia, con una parrilla ovalada y baja que te recuerda a los Maserati A6GCS o 300S. El espíritu barchetta y las aletas voluptuosas recuerdan al también italiano Ferrari 250 Testa Rossa de los ´50.
En definitiva, no es una réplica, sino un collage de iconos del automovilismo, reinterpretados con bastante acierto y coherencia para dar vida a un ejemplar completamente único. También es cierto, que yéndonos al presente, a lo mejor se alimenta de un Ferrari Monza SP, aunque con ese “deje” años 50.
Corazón Mercedes para el CID Babieca
Mecánicamente, este corcel moderno no se alimenta de heno y cebada, sino de gasolina de alto octanaje -casi sacrilegio en estos tiempos que corren- para dar vida a su corazón alemán. Bajo ese capó kilométrico ruge un imponente motor V12 atmosférico de 6.0 litros y 550 CV de potencia, firmado por Mercedes. Una elección pragmática, ya que un V12 de Ferrari o Aston Martin habría sido una «locura» económica.
La doma de esta caballería se confía a las manos del piloto, a través de una caja de cambios manual Tremec de seis velocidades con una parrilla en H y transmisión heredada de un Nissan GT-R, enviando el empuje al eje trasero.
Pero este coche no está hecho para lucirlo en los bulevares parisinos o por la meseta castellana. El CID Babieca no está homologado para la calle; nació por y para el circuito. Es un juguete radical, una herramienta de pura diversión creada por un septuagenario con pura pasión por los coches de siempre. Cabrerizo no ha creado solo un deportivo, lo ha impregnado de esencia de modelos icónicos de la historia. ¿Resultado? Un corcel de 12 cilindros digno de un Cid Campeador del siglo XXI.
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