Mientras el foco mediático se mantiene casi siempre sobre el coche particular, hay otro parque móvil mucho más decisivo para la economía europea que sigue pasando casi desapercibido: el de los vehículos profesionales. Furgonetas, camiones y autobuses son los que realmente sostienen el comercio, la logística y el transporte diario de millones de personas. Y su dependencia del diésel sigue siendo abrumadora.
Los últimos datos publicados por la Asociación Europea de Fabricantes de Automóviles (ACEA) dejan poco espacio para la interpretación. En la Unión Europea circulan más de 31 millones de furgonetas, algo más de seis millones de camiones y cerca de 700.000 autobuses. En conjunto, forman la columna vertebral del transporte… y siguen funcionando, en su inmensa mayoría, con gasóleo.
Furgonetas eléctricas: más presencia en catálogos que en la calle
El discurso del “reparto cero emisiones” suena cada vez con más fuerza, pero la realidad del parque es muy distinta. La furgoneta eléctrica existe, está disponible y cada vez hay más modelos, pero su implantación real es todavía mínima. Nueve de cada diez furgonetas que circulan por Europa siguen siendo diésel, mientras que las eléctricas puras apenas representan una fracción testimonial.
A esto se suma otro factor clave: la edad. El parque europeo de furgonetas supera de largo la década de antigüedad, y en países como España o Italia los vehículos de trabajo envejecen todavía más. Renovar una flota no es una decisión emocional, sino puramente económica, y ahí es donde la electrificación empieza a chocar con la realidad del autónomo y de la pequeña empresa.

Camiones: el bastión del gasóleo
Si en las furgonetas la transición avanza lentamente, en el transporte pesado el diésel sigue siendo prácticamente hegemónico. Más del 96 % de los camiones que recorren las carreteras europeas funcionan con gasóleo, y la presencia de modelos eléctricos es, por ahora, casi simbólica.
No es solo una cuestión de precio, aunque el sobrecoste de un camión eléctrico sigue siendo muy elevado. El verdadero cuello de botella está en la operativa diaria: autonomía real con carga, tiempos de recarga y, sobre todo, una infraestructura de alta potencia que todavía no acompaña a las rutas de largo recorrido. Con flotas cuya edad media ronda los 14 años, el sector prioriza fiabilidad y costes conocidos frente a tecnologías aún por madurar.
Autobuses: donde la electrificación sí acelera
El panorama cambia cuando se mira al transporte urbano de pasajeros. Aunque el diésel sigue siendo mayoritario, los autobuses eléctricos y los híbridos ya empiezan a tener un peso relevante en algunos países. Aquí el motor del cambio no es el mercado, sino la decisión política.
Las administraciones locales están apostando por electrificar flotas completas de golpe, especialmente en grandes ciudades, buscando un impacto inmediato en la calidad del aire. Países como Luxemburgo, Países Bajos o Dinamarca muestran que, cuando hay planificación y presupuesto, la transición es posible en plazos mucho más cortos.
Un reto estructural para la descarbonización
El mensaje de ACEA es claro: sin un plan específico para los vehículos de trabajo, la transición energética del transporte europeo se quedará a medias. No basta con que existan modelos eléctricos; es imprescindible facilitar la renovación de flotas muy envejecidas, compensar el sobrecoste inicial y desplegar una red de recarga pensada para el uso profesional, no para el turismo particular.
Hasta que eso ocurra, la imagen seguirá siendo la misma en polígonos industriales, áreas logísticas y estaciones de servicio: furgonetas y camiones diésel marcando el ritmo del transporte europeo… y también el de sus emisiones.
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