Antes de que existieran carreteras, velas o motores, la humanidad ya avanzaba empujada por un objetivo: descubrir qué había más allá. La movilidad empezó mucho antes de que la llamáramos así. Hace unos cuatro millones de años, los australopitecos se alzaron sobre dos piernas; aquel simple gesto liberó las manos y multiplicó las posibilidades de supervivencia. Caminar erguido le permitiría después al Homo Sapiens transportar herramientas y comida. Fue la primera gran «tecnología» de transporte y cambió incluso la anatomía del cerebro, porque permitió planificar rutas y movimientos dependiendo de climatología y flujos de caza.
Durante milenios, las piernas marcaron el ritmo de la especie. Los homínidos se convirtieron en nómadas estacionales, siguiendo el rastro de manadas y cosechas. Esa vida itinerante forjó una cultura de observación y adaptación: elegir los mejores vados, fabricar rudimentarias mochilas con pieles o almacenar agua en conchas de vacías, después en pieles de animales o calabazas, para cruzar zonas inhóspitas.
Primeros avances en movilidad: de la domesticación a la rueda
El segundo salto llegó hacia el 10 000 a. C., cuando el ser humano pasó de cazador a ganadero. Domesticó al perro como ayuda cinegética, al buey para arar y, sobre todo, al caballo para recorrer grandes llanuras. No solo se ganó velocidad; nació el comercio a distancia, emergieron aldeas-mercado y, con ellas, las primeras vías -caminos- de tierra apisonada.

Y entonces apareció la rueda. Inventada hacia 3500 a. C. en Mesopotamia, era una losa de madera con un agujero central, montada sobre un eje fijo. Pudo parecer un detalle menor, pero convirtió el esfuerzo de arrastrar en el de rodar, reduciendo la fricción en más de un 90 %. Surgieron carretas, tornos de alfarero, norias de irrigación… El invento se propagó del Éufrates a Europa como un virus imparable de eficiencia.
Imperio Romano: movilidad democratizada
Las primeras civilizaciones entendieron pronto el poder de moverse. Sumerios y hititas usaron carros de guerra; egipcios enviaron expediciones mineras hasta las montañas del Sinaí; los romanos levantaron 80 000 km de calzadas que unían desde Hispania hasta el mar Negro. Aquellos caminos pavimentados, con bermas y miliarios, eran el Internet de la Antigüedad: transmitían mercancías, mensajes y ejércitos a una velocidad inaudita para la época.
Sin embargo, tras la caída del Imperio Romano la red se degradó. La Edad Media devolvió al viaje el sabor de la incertidumbre: inseguridad, infraestructuras destruidas o mal mantenidas, peajes feudales. Solo los peregrinos a Santiago o los mercaderes de la Liga Hanseática mantenían viva la llama de la larga distancia.
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