Parraisos 4x4

Ruta por Ladakh (India): Los balcones de Buda

Ladakh, al norte de India, encierra numerosas sorpresas.
Marian Ocana
Marian Ocana
Nos adentramos en el más puro misticismo budista y ascendemos hasta antiquísimos monasterios que se constituyen en balcones celestiales desde donde Buda contempla a sus fieles. Entre montañas infranqueables encontramos la aventura extrema a alturas de vértigo con una población tranquila y amable, que nos proporcionará una de las experiencias humanas más enriquecedoras.


Entrar por fin en Ladakh. Era una cita pendiente desde 1992, cuando no pudimos adentrarnos en esas tierras debido al terrorismo separatista musulmán que bloqueó la única vía a través de Srinagar (Cachemira). Después del 92, por motivos militares, se habilitó una antigua pista caravanera en desuso para que los convoyes militares pudiesen acceder a Ladakh por una vía que no pudiera ser «castigada» por la artillería enemiga y los atentados terroristas.
Los informes de esta ruta son claros: como mínimo tres días de viaje para realizar los 500 kilómetros que separan Leh de Manali, y con precipicios, avalanchas, cuatro pasos de montaña (dos de ellos superan los ¡5.000 metros de altura!) y todo inmerso en paisajes de ensueño. Nos advierten sobre el mal de altura; durante días nos moveremos a más de 4.500 metros sobre el nivel del mar.
En Manali nos alejamos de las aglomeraciones urbanas para comenzar a escalar hacia los cielos. Rothang-La, con 3.978 metros de altitud, es el paso más sencillo, un aperitivo para las etapas posteriores. El paisaje se ha transfigurado. Las colinas se han despojado de su cabellera de vegetación para mostrarnos su aspecto más desolador. La temperatura baja, el viento arrecia y los muros de hielo aparecen.
Ladakh, a pesar de estar en Cachemira, es una zona tranquila, pero está saturada de militares al ser zona de paso para llegar al frente de batalla. Desde Manali a Leh nos encontraremos con decenas de convoyes, al tratarse de una crucial vía de aprovisionamiento del ejército. De hecho, es obra de ingenieros militares.

El paso de Baralacha-La, a 4.883 metros, es el primero de estos solitarios colosos. Acabamos de batir nuestro récord de altura: hemos sobrepasado los 4.732 metros del paso de Khunjerab, frontera entre Pakistán y China. El mal de altura ya nos está afectando, los síntomas pueden aparecer a partir de los 2.500 metros, pero nosotros los padecemos a partir de los 4.000. Tenemos fuertes síntomas de agotamiento ante cualquier esfuerzo, a veces nos cuesta respirar y padecemos una intensa y permanente jaqueca. Éstos son los desórdenes más leves, en muchísimos casos se producen desmayos, vómitos de sangre, toses profundas, falta de coordinación y equilibrio, síntomas de asfixia y conducta irracional.

En Lachlung-La hemos sobrepasado por primera vez una cota superior a 5.000 metros, pero no será la última. El descenso es otro espectáculo de belleza abrumadora, aunque, cuando llegamos a Pong, no nos podemos creer que este asentamiento fuese la población más importante de la zona, una agrupación de tiendas cuya ubicación permanece sólo los cuatro meses que dura abierta la ruta. El altímetro del GPS señala 4.587 metros y aquí pasaremos la noche acampados, ya que a la una de la tarde se corta el tránsito de vehículos civiles para que sólo transiten los militares.

El Taglang-La nos eleva a un nuevo récord: 5.328 metros. Es nuestro segundo «cincomil». Miramos a nuestro alrededor y vemos que muchos picos superan los 6.000 metros y algunos los 7.000; estamos en el centro de una fortificación de poderosos obeliscos. Un nuevo santuario aparece en este inhóspito lugar. Cristianos, hinduistas y budistas reúnen en un mismo recinto sus inequívocos símbolos. Delante del mismo se paran todos los convoyes, los soldados entran y salen para rezar por la protección de sus vidas. Y no es para tomárselo a la ligera, la víspera de partir de Manali, la prensa india informaba: 28 soldados y un suboficial mueren al despeñarse su camión en la ruta hacia Leh.

Llegar al pueblo de Rumtse fue como darnos de bruces con la realidad más tangible del impactante Ladakh. La desnudez y desolación que habían sido el escenario de los últimos días se rompió con un brusco golpe de color con los destellos del verdor brillante de sus campos de cultivo y sus resplandecientes casas blancas con cerramientos de madera labrada. Miramos el altímetro y ¡estamos a 4.230 metros!

Con la piel tostada, los ojos achinados y la sonrisa por montera, los ladakhis configuran unos rostros que transmiten paz. Los niños son algo más tímidos que sus vecinos del resto del país. No paran de pronunciar «julai, julai» mientras esbozan una sonrisa, un vocablo ladakhi realmente socorrido; significa hola, gracias o adiós según la circunstancia. En este lugar nada ha cambiado en los últimos siglos. Las granjas se suceden cada vez con más frecuencia y las estupas brotan como champiñones. El largo corredor se termina y se abre en un sobrecogedor valle que se extiende hasta el infinito. Acampamos en la cima del asombroso cañón que ha engendrado el río Indo en Ladakh.

Nada más llegar a Leh, tuvimos que reponer las provisiones. Su mercado nos atrapó al instante: voceros, vendedoras de verduras y frutas, clientas con canastos de mimbre enganchados a sus espaldas y hombres con túnicas granates con los cuales nos comunicamos con señas.

Los gompas (monasterios) budistas a los que vamos llegando se aferran a emplazamientos casi inaccesibles, encaramados en la cima de pequeñas colinas o derramados por la falda de escarpadas montañas. La imagen no dista mucho del valeroso monasterio cautivo de Potala, en el Tíbet. Y así, uno a uno, vamos accediendo a los gompas con sus propias particularidades y sus alegóricos nombres.

Días después, conseguimos el permiso para las áreas restrictivas. Desde la única gasolinera de Leh, nos dirigimos al lago más alto de Asia: el Pangong-Tso, con 4.343 metros. El primer alto es en el espectacular gompa de Taktok, que hasta hace unos pocos años era el final de la ruta y ahora marca el inicio de una zona militar restringida. Los controles militares se van sucediendo. La ascensión al Chang-La impresiona cuando se ve desde abajo el pequeño arañazo superficial que se le ha hecho a la montaña. El zig-zag convierte cada kilómetro en interminable, cada curva en un riesgo y cada encuentro con algún que otro vehículo en una inquietud. Pero el firme es bueno, incluso los largos tramos de pista son excelentes y las vistas, soberbias. Un desvío nos eleva a nuestro tercer «cincomil» (el Wari-La), regresando a la pista principal, seguimos avanzando hacia nuestro objetivo. Un gran hito en medio de la pista señala el lugar exacto de la máxima altura del paso: 17.350 pies (5.290 metros). Hemos llegado a nuestro cuarto «cincomil» y los soldados nos dan la bienvenida ofreciéndonos un té con leche. Durante el descenso nos vamos topando con manadas de yaks. Allí están, a escasos 50 metros de la pista, pastando a sus anchas a las orillas de un riachuelo.

Un último control militar chequea de nuevo los permisos y nos da las últimas consignas antes de penetrar en la zona lacustre del Lago Pangong, donde no se puede acampar y debemos abandonar antes del anochecer. Cuando arribamos, el viento rizaba las vivas aguas de este lago turquesa custodiado por una empalizada de picos de más de 6.500 metros de altitud.

Nuestra etapa más escarpada está protagonizada en el interior del Montero por el altímetro, que avanza sin esfuerzo señalando con su flecha impenitente los metros que nos van encumbrando hacia la cota más alta de este espectacular periplo por Ladakh. Miramos por la ventanilla observando cómo quedan a lo lejos los oasis de vegetación que continúan menguando cuanto más nos elevamos. A los 5.000 metros sólo se vislumbran como diluidas manchas esmeraldas en la lontananza.

Las ruedas Bridgestone de nuestra infatigable montura giran pausada y ceremonialmente sobre la pista más alta del mundo: el Kardung-La, de 5.602 metros de altitud. Nuestro Mitsubishi Montero se ha convertido en el primer vehículo español en alcanzar este mítico punto. ¡Lo hemos conseguido! Tras el puerto, en el recóndito e idílico valle de Nubra, asimilamos las experiencias vividas. Estamos totalmente seducidos por esta tierra. Nos preguntábamos qué sorpresas nos aguardarían en Ladakh, y ni en sueños nos hubiéramos podido imaginar lo que nos íbamos a encontrar.

Los autores del artículo agradecen la ayuda prestada a: Ceuta, Mitsubishi, Catai Tours, Bridgestone, British Airways, Cepsa, Inmarsat Ibérica y Label.