Al principio todo era oscuridad y tinieblas. Cargar en Modo 4 (esto es, con corriente continua y cargador externo) parecía un milagro, y los 50 kW de rigor, una condena. Ni las baterías pequeñas podían hacerlo deprisa (porque salían enseguida de su zona de confort o de “carga controlada por corriente”) ni las más grandes (las que presumían de “movilidad interprovincial”) lograban evitar eternizarse en el área de servicio.
Mientras tanto, el público en general (y los haters en particular) repetían el mismo mantra: quiero cargar en cinco minutos. Y claro, como suele ocurrir cuando la humanidad desea algo con suficiente intensidad, el universo conspira para concedérselo, aunque siempre con letra pequeña. Estamos a punto de recibir la primera oleada de coches capaces de hacerlo, o al menos de simularlo con suficiente convicción como para parecer milagroso. Pero, como diría cualquier escéptico con un mínimo sentido común, ¿cómo demonios es posible? Muy bien: abramos la botella, y que salga el genio.

Curvando la realidad
Todo empieza con un concepto aparentemente inofensivo: el parámetro C. Cargar a 1C significa llenar una batería en una hora. Según la literatura científica (la de verdad, no la de los PowerPoint de las conferencias de prensa), 1C es perfectamente viable, 3C (20 minutos) empieza a calentarse más de la cuenta, 5C (es decir, 12 minutos) es territorio de exhibición, y 10C o 12C (entre seis y 5 minutos) son auténticos desafíos a las leyes de la naturaleza. En un ánodo de grafito convencional, pasar de unos 2 mA por centímetro cuadrado ya es jugar con fuego, y no en sentido figurado: implica calentamiento, degradación y el fenómeno más temido de todos, el lithium plating, cuando el litio se deposita en forma metálica sobre la superficie y amenaza con cortocircuitar toda la celda.
Y sin embargo, aquí estamos, con fabricantes como CATL y BYD mostrando al mundo baterías que alcanzan el 80% en diez minutos. CATL lo llama Shenxing; BYD, Blade 2.0. Dos maneras distintas de decir “esto no debería ser posible, pero lo es”. Porque lo que han hecho no es romper las leyes de la electroquímica, sino curvarlas lo justo para que parezcan flexibles.
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