Se nos presenta como una medida ambiental, pero nosotros desde Autofácil y muchos conductores, la percibimos, una vez más, como puramente recaudatoria. Y es que Madrid y su Ayuntamiento vuelve a dar una vuelta de tuerca al día a día del conductor. La modificación inicial de la Ordenanza de Movilidad Sostenible, aprobada por la Junta de Gobierno, introduce un cambio de calado en el Servicio de Estacionamiento Regulado (SER): no solo crecerá como nunca en número de plazas y barrios, sino que podrá extender su horario más allá de las nueve de la noche entre semana, de las tres de la tarde los sábados y, por primera vez de forma ordinaria, también a domingos y festivos.

El transporte privado, el gran enemigo de los políticos
La novedad no es menor. El SER pasará de las 181.500 plazas actuales a casi 259.000, un incremento cercano al 43%, con su desembarco en 22 barrios —17 de ellos nuevos— repartidos en siete distritos. Moratalaz y Puente de Vallecas, dos zonas históricamente ajenas al parquímetro, entran así en un modelo que hasta ahora se concentraba en áreas más céntricas o tensionadas por el turismo y la actividad comercial.
El Ayuntamiento justifica la medida en la necesidad de “garantizar el aparcamiento de los residentes” y en su contribución a la calidad del aire, enmarcándola dentro de la estrategia Madrid 360. Nadie discute que Madrid haya mejorado sus registros de emisiones y que hoy cumpla con la directiva europea. El problema, una vez más, es el peaje elegido para lograrlo. Para el grueso de los conductores —trabajadores, autónomos, vecinos de barrios periféricos— la sensación es clara: cada año hay más restricciones, menos margen y más costes asociados al uso del coche. Extender el SER a franjas nocturnas y a días tradicionalmente libres de regulación no reduce emisiones por sí mismo; lo que sí hace es ampliar de forma muy notable la recaudación municipal.
Además, el calendario de expansión, que se prolonga hasta 2035, consolida un modelo que deja poco espacio a alternativas reales. El transporte público no siempre cubre con eficacia los desplazamientos transversales, y el coche sigue siendo imprescindible en muchos hogares. Penalizar su estacionamiento sin ofrecer soluciones alternativas -ni tan siquiera estudiarlas- refuerza la percepción de injusticia.
A ello se suma la presión añadida sobre los vehículos sin distintivo ambiental, que solo podrán circular por Madrid hasta finales de 2026 aunque sus propietarios estén empadronados y paguen el IVTM. Un mensaje claro: el coche, especialmente el privado, es cada vez menos bienvenido.
Madrid presume de avanzar en sostenibilidad, sí, pero lo hace cargando de nuevo el peso sobre el conductor. Y cuando las medidas se traducen en más parquímetros, más horas y más barrios afectados, cuesta no pensar que, más que una política ambiental, estamos ante una política de caja.
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