Tráfico que se autorregula, coches que se conducen solos y energía sin humos. Todo parte de la digitalización. El GPS, concebido en 1973 para la defensa estadounidense, se abrió al público en 2000 y, con los smartphones, convirtió cada bolsillo en un centro de control de rutas, tarifas y emisiones. Plataformas MaaS (Mobility as a Service) integran ahora bus, metro, bicicleta y patinete eléctrico bajo una sola suscripción. El coche deja de ser objeto y pasa a ser servicio: carsharing, ride-hailing, suscripciones flexibles…
Nueva movilidad: el valor del dato
La nube de datos habilita la conducción autónoma. Sensores LIDAR, radares de onda milimétrica y redes 5G permiten que un Waymo circule sin conductor en Phoenix desde 2020. Se prevé que para 2030 la automatización nivel 4 alcance flotas logísticas en corredores controlados, reduciendo accidentes (90 % causados por error humano) y optimizando tráfico vía comunicación V2X.

Pero la clave sigue siendo la energía. El vehículo eléctrico —casi olvidado durante el siglo del petróleo— regresa con baterías de litio-ferrofosfato, estado sólido en el horizonte y precios en caída libre. Noruega ya vende un 82 % de coches nuevos enchufables y ha desplegado la primera red nacional de carga ultrarrápida (>150 kW).
Para sectores difíciles de electrificar emergen alternativas complementarias: hidrógeno verde para camiones y aviación regional, e-fuels sintéticos para motores existentes, biogás para flotas rurales. La neutralidad tecnológica se impone como estrategia: diferentes soluciones, mismo objetivo de cero emisiones netas.
Movilidad y ciudades
En la escala urbana, los alcaldes se apoyan en datos en tiempo real para regular zonas de bajas emisiones, optimizar semáforos y reservar espacio al peatón. Barcelona registra un 25 % menos de NOx en sus «supermanzanas»; Milán ensaya peajes dinámicos que varían según hora y vehículo. La micromovilidad —bicis, e-scooters y motos eléctricas— llena el hueco de los «últimos tres kilómetros» sin exigir más carriles para coches.

No obstante, cada avance abre dilemas éticos: ¿quién es responsable si un algoritmo de un coche autónomo falla?, ¿cómo aseguramos privacidad con millones de sensores urbanos?, ¿evitaremos que la movilidad limpia sea solo para rentas altas? Resolver estas preguntas será tan decisivo como diseñar la próxima batería milagro.
Mirando hacia atrás, la movilidad siempre ha reflejado quiénes somos y qué valoramos. Hoy ese espejo nos devuelve una prioridad clara: conservar la capacidad de movernos mientras conservamos la única Tierra que tenemos. Si el reto parece inmenso, también lo parecía cruzar un océano con una vela o surcar el cielo con alas de tela. Y lo conseguimos.
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