El episodio ha pasado de puntillas por la actualidad, eclipsado por guerras comerciales, aranceles y anuncios de inversiones multimillonarias. Según información recogida por nuestros colegas franceses de L´Automobile Magazine y confirmada posteriormente por el propio consejero delegado de Mercedes-Benz, Ola Källenius, la administración Trump trató de convencer al fabricante alemán para que trasladara su sede central a Estados Unidos.

Mercedes ha confirmado la noticia
La iniciativa fue impulsada directamente desde el Departamento de Comercio estadounidense. Howard Lutnick, entonces secretario de Comercio, contactó con Källenius para poner sobre la mesa un paquete de incentivos fiscales y económicos difícil de igualar. El objetivo no era menor: que la marca de la estrella de tres puntas cruzara una línea que muy pocas compañías centenarias se han atrevido siquiera a considerar,: la de mover su centro de decisión, su gobernanza y, en buena medida, su identidad.
La respuesta de Mercedes fue rápida y rotunda. “Somos una empresa global desde hace más de cien años, pero nuestras raíces están en Alemania. No pueden ni deben ser desarraigadas”, explicó Källenius en una entrevista posterior. Una declaración con un fuerte componente simbólico, pero también estratégico. Porque en un grupo como Mercedes-Benz, la sede no es solo una dirección postal: es el lugar donde se concentran la cultura de ingeniería, los procesos de decisión y una forma muy concreta de entender el automóvil.
El rechazo no debe interpretarse, ni mucho menos, como un desinterés por Estados Unidos. Mercedes lleva décadas invirtiendo en el país norteamericano. La planta de Tuscaloosa, en Alabama, ensambla desde hace años modelos clave de la gama SUV, y el grupo ya ha anunciado que el GLC se producirá allí a partir de 2027. Además, está en marcha un nuevo centro de investigación y desarrollo en Georgia, reforzando una presencia industrial que pocos fabricantes europeos pueden igualar en suelo norteamericano
La diferencia, como ha subrayado el propio Källenius, está en el centro de gravedad. Producir localmente, invertir y crear empleo forma parte de la lógica de una industria globalizada. Trasladar la sede, en cambio, supone alterar la naturaleza misma de la compañía. Para Mercedes, el riesgo industrial, cultural y reputacional era demasiado alto, por mucho que la propuesta tuviera sentido desde una óptica política.
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