Tesla ha recibido el mayor revés judicial de su historia en Estados Unidos. Un jurado federal de Miami ha condenado a la marca a pagar 323 millones de dólares a las víctimas de un accidente ocurrido en 2019, en el que el Autopilot no frenó pese a detectar la señal de stop, el final de la carretera y un coche detenido. El caso marca un antes y un después en la discusión sobre los límites de la conducción asistida.
La resolución, firmada por la jueza Beth Bloom, dio por probados los hechos y autorizó los daños punitivos. Su auto de 98 páginas desarma la defensa de Tesla y muestra con precisión quirúrgica cómo el sistema permitió circular en condiciones inapropiadas, sin intervenir cuando debía, y con un conductor que ya acumulaba un historial alarmante de uso negligente.
Son estos factores, y no que el conductor haya reconocido que estaba buscando el móvil por el suelo junto antes de la colisión, lo que abre la puerta a nuevas interpretaciones desfavorables para Tesla en nuevos casos de colisiones con Autopilot conectado, con independencia del nivel de irresponsabilidad o dolo del conductor, que en teoría debería de ser el único responsable de todo lo que ocurra en un sistema de Nivel 2 como el Autopilot de Tesla).
El veredicto (arriba puedes ver el estado de los coches y la primera página de la papeleta de votación) llega en un momento crítico para la compañía, que aún tiene abiertas otras causas similares. Y aunque Tesla ha anunciado que apelará, el mensaje es claro: la conducción asistida no puede ser una excusa para mirar hacia otro lado.

Así fue el accidente que lo cambió todo
El siniestro ocurrió el 25 de abril de 2019 en la intersección de Card Sound Road con la US-1, una carretera rural sin iluminación. George McGee circulaba de noche a 62 mph (100 km/h) con el Autopilot y el control de crucero adaptativo activados. Aunque el sistema limitaba automáticamente la velocidad a 45 mph, McGee pisó el acelerador y anuló esa función sin desactivar el resto de asistencias.
Durante varios segundos desvió la mirada para buscar su móvil en el suelo. En ese lapso, el vehículo detectó correctamente una señal de stop, el final de la calzada y un Chevrolet Tahoe detenido (todo ello presente en el fotograma superior, procedente del propio Tesla de McGee). Pero ni el sistema de frenada automática ni la alerta de colisión sonora actuaron. Tan solo 1,65 segundos antes del impacto, el Autopilot se desconectó con un aviso visual, demasiado tarde para evitar la tragedia.
El Tesla embistió al todoterreno, que arrolló a Naibel Benavides (que moriría horas después) y dejó parapléjico a Dillon Angulo, que lo acompañaba. Ambos estaban detenidos de forma legal a un lado de la vía perpendicular, fuera de la carretera y tras unos carteles.
Una larga lista de advertencias ignoradas
En los tres meses previos al siniestro, el conductor había acumulado 23 bloqueos del sistema por distracción al volante. Esa estadística equivalía a una llamada de atención por cada 10 millas recorridas y una desconexión forzosa por cada trayecto largo. Aun así, tras cada “strikeout”, McGee reiniciaba el coche y continuaba viaje con el Autopilot reactivado.
Tesla no impuso restricciones adicionales, ni requirió ninguna intervención del servicio técnico, a pesar de que su telemetría registraba cada uno de esos abusos en tiempo real. Y lo más grave: permitió el uso del sistema en una vía que no se ajustaba a las recomendaciones de su propio manual de usuario.
Según los peritos del juicio, otras marcas como GM o Ford ya geolimitaban el uso de sus asistentes en 2019 para impedir que se emplearan fuera de autopistas. Tesla, en cambio, prefirió mantener la posibilidad de activarlos en cualquier entorno, confiando en que los usuarios supieran cuándo no hacerlo.
El sistema no frenó… y ahí está la clave
El jurado se apoyó en datos técnicos para concluir que el software no solo falló, sino que lo hizo en condiciones donde debía haber funcionado. El coche mantenía el control direccional, y el pedal no superaba el umbral que desactiva completamente el sistema. Sin embargo, ni el Forward Collision Warning ni el Automatic Emergency Braking reaccionaron.
Tesla alegó que el conductor había interrumpido el control longitudinal con el acelerador. Pero los registros confirman que ambos sistemas seguían activos y no se activaron, pese a estar diseñados para funcionar hasta 90 mph o 145 km/h. Esta omisión fue determinante para el jurado a la hora de fijar los 200 millones de dólares por daños punitivos.
Además, el vehículo había emitido una advertencia visual 66 segundos antes, informando de que no frenaría si se excedía la velocidad fijada. Pero no repitió ninguna alerta sonora más antes del impacto.

La opinión de Autofácil…
Llamarlo “Autopilot” fue una genialidad publicitaria, pero un desastre legal. Si vendes un sistema que promete frenar por ti, muchos usuarios asumirán que lo hará. Y si además permites activarlo donde no toca, estás pidiendo problemas.
Afirmaciones como la de imagen superior («es tu chofer personal») suenan genial en el mundo real gobernado por el sentido común… pero, incluso a pesar de la palabra «supervisado» o las advertencias del manual y la instrumentación, pueden ser llevadas a extremos dolorosos por un abogado americano y delante de un jurado más propenso a fallar en defensa de un cándido conductor antes que para proteger a Tesla. Además, de cada 12 jurados, aproximadamente cinco podrían ser votantes demócratas.
El expediente judicial demuestra que Tesla sabía con precisión quién usaba mal su tecnología, y cómo, pero prefirió no actuar. En lugar de limitar funciones, apostó por una confianza ciega en la responsabilidad individual.
Y ese es el verdadero peligro: pensar que la asistencia al conductor puede reemplazar al conductor. Mientras sigamos en el nivel 2 de autonomía, todo el peso moral seguirá 100% en manos humanas… pero el legal ya no. Una distracción, un error de diseño o una omisión de software pueden costar vidas. Ahora también cuestan cientos de millones de dólares.
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