Cuando apareció por primera vez, nadie esperaba que el ID.7 se convirtiera en un superventas. Era fácil despacharlo como un ID.4 estirado, una suerte de “Superb eléctrico” con más chapa que carisma. Y sin embargo, el mercado es soberano: los números en Europa son brillantes y confirman que Volkswagen, tras décadas de pulir el arte de hacer berlinas discretas y sólidas, sigue dominando la fórmula.

La receta del éxito
La receta no es un secreto: basta con alargar unos centímetros el bastidor MEB, añadir batería y corregir detalles clave. Pero el resultado es un coche totalmente distinto, una auténtica berlina de representación eléctrica del pueblo. Su batería de 86 kWh útiles rompe la barrera psicológica de los 700 km WLTP, con un consumo homologado de apenas 13,7 kWh/100 km que lo sitúa entre los más eficientes de su tamaño.
La carga a 200 kW puede parecer contenida frente a los 800 voltios de la competencia, pero con una curva de carga estable, logra reponer del 10 al 80 % en apenas 26 minutos: suficiente para que la espera se confunda con una parada de café.
Interior que sorprende

Por dentro, Volkswagen ha conseguido lo que parecía imposible: que su interfaz deje de ser un meme. Una pantalla central de 15 pulgadas y una instrumentación más generosa por fin hacen justicia a un coche de 4,96 metros. El confort y la insonorización completan un conjunto que, en otro tiempo, habría llevado sin rubor el nombre de Passat. Puede que aún lo haga, en el enésimo volantazo de la política de nombres del grupo.
Lo cierto es que el ID.7 representa el cénit de la plataforma MEB antes de que llegue la futura SSP. Y no, no es un hot dog eléctrico… es un plato fuerte.
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