A 32 años de aquel 1 de mayo de 1994, Senna sigue ocupando un lugar singular en la Fórmula 1: idolatrado por quienes lo vieron en directo y también por los que han llegado después, a base de vídeos, lecturas y relatos de primera mano. El paso del tiempo no ha rebajado su figura; al contrario, la ha ordenado. Y, cuando quienes mandan, diseñan o compiten al máximo nivel ponen palabras a su recuerdo, aparece un Senna más completo: el del talento extremo, sí, pero también el de la curiosidad, la convicción y la influencia.

Senna piloto: una manera única de exprimir el monoplaza
En la memoria de Fernando Alonso, Senna es la primera gran historia que aprende un niño que mira la Fórmula 1 como quien descubre un idioma nuevo. «Recuerdo las fotos en los periódicos y ver las noticias de televisión con la historia de los duelos entre los McLaren de Alain Prost y Ayrton Senna», contaba en su momento. En esa imagen ya vivía el símbolo —»el casco amarillo que siempre ganaba»— y, a la vez, una idea que Alonso convertía en sentencia: «Creo que Senna puso la pauta para todos y él fue sin duda el mejor de su generación».
Pero lo que más le impresionaba a Fernando Alonso no era una vuelta concreta, sino un patrón: la determinación sostenida. «Siempre luchaba hasta el final», subraya, y remata el porqué del mito: esa forma de competir «le valió el respeto de todos sus compañeros y es lo que lo convirtió en leyenda».

El heptacampeón del mundo Lewis Hamilton llega al mismo punto de influencia en posteriores generaciones con su particular interpretación: la del niño que se queda enganchado a un campeón antes de entender del todo el deporte. «Todo el mundo ama a un ganador y Senna fue uno de los más grandes ganadores que este deporte ha tenido nunca», ha afirmado. Pero enseguida colocando a Senna por encima del palmarés: «más que eso, era un héroe genuino, un personaje icónico que inspiró a todo el mundo». Hamilton recuerda incluso cómo el McLaren con sus colores y ese casco amarillo fue el anzuelo para querer saber más: «Me encantó el color rojo y blanco de McLaren y el casco amarillo de Ayrton».
Cuando ese interés se convierte en estudio, Hamilton concluye que el legado no es sólo emocional: es técnico y replicable. Leyendo sobre él pudo «entender su carácter y apreciar su enfoque sorprendente a la conducción», hasta el punto de reconocer una herencia en su propio estilo: «La gente dice que tengo un estilo agresivo… Creo que es en parte porque vi a Ayrton Senna cuando yo era joven y pensé: ‘Así es como quiero conducir'». Y lo resume con una idea que vale como titular permanente: «Incluso ahora, todavía puedes aprender cosas de la forma en que se acercó a las carreras y cómo conducía».

Opinión desde la ingeniería, a través del gran Adrian Newey. Para él, Senna era un piloto capaz de cambiar con el coche y con la época: «Senna sabía adaptar su estilo de conducción como nadie al coche y a las reglamentaciones de cada momento». Y esa adaptabilidad nacía de una sensibilidad poco común: «sabía lo que estaba pasando en el coche en cada segundo», algo que le permitía «obtener el máximo rendimiento en cada vuelta» y seguir «mejorando su forma de conducir».
Senna persona: curiosidad, timidez y convicción que marcaba a todos
Newey recuerda también que esa excelencia no se limitaba al volante: era una forma de estar. «Estaba interesado en todos los ángulos del coche», dice, y evoca un Senna que, al llegar a Williams, quería ir más allá del briefing: «venir y mirar el modelo en el túnel de viento… entender nuestras áreas de desarrollo y cuáles eran nuestras filosofías de trabajo». No era postureo: era la búsqueda de contexto para «dar la mejor respuesta en cada momento».

Luca di Montezemolo aporta el contraste más humano. Admira al competidor —»tuvo una increíble voluntad de ganar», «un gran luchador en las carreras»— pero se detiene en el Senna íntimo, el que no encajaba con el personaje público. Recuerda una conversación clave: «Nos reunimos en mi casa en Bolonia el miércoles 27 de abril», y allí Senna le confesó algo revelador sobre principios y rumbo: «realmente apreciaba la decisión en contra del uso excesivo de las ayudas electrónicas» y dejó claro que «quería terminar su carrera en Ferrari». Luego llega una frase de Luca que todavía pesa: «ese fin de semana nos lo robó». Y lo que queda, dice Montezemolo, es «su amabilidad y su naturaleza simple, casi tímida, que contrastaba con el Senna piloto».

Nos falta la mirada del poder. Bernie Ecclestone, que vio pasar generaciones y negoció con todos, reduce su primera impresión a un hecho desnudo: «Al principio me interesé por Ayrton por lo rápido que iba. Sabía exactamente qué tenía que hacer, y se sentía muy seguro de sí mismo». Pero añade un matiz que completa el puzzle: pese al aura de rival temible, «también fue percibido como una persona muy agradable». Ecclestone incluso proyecta el «qué habría pasado si…», convencido del tamaño real del talento: «¿Qué si Senna habría sido el mejor de la historia si hubiese vivido? Lo habría hecho tan bien como Schumacher».
La huella: más allá del mito
Alonso recuerda -seguimos tirando de hemeroteca- que, tras el impacto, hubo una consecuencia estructural: «a partir de entonces, la seguridad en la Fórmula 1 cambió decisivamente». Hamilton lo eleva a legado universal: «Ayrton Senna fue una leyenda increíble que será recordado y admirado siempre». Y entre la precisión de Newey, la humanidad de Montezemolo y la autoridad pragmática de Ecclestone se dibuja el mismo veredicto: Senna no fue sólo rápido; fue una forma de entender la competición, una mezcla rara de hambre, inteligencia y carácter que, 32 años después, sigue funcionando como medida y como espejo.
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