El Mazda Luce no era un coche más en el catálogo. Era una declaración de intenciones, y también un escaparate tecnológico. La primera generación llegó con líneas firmadas por Bertone (con el trazo de un joven Giorgetto Giugiaro), un detalle que hoy parece un puente premonitorio hacia Italia. A la vista era sobrio, proporcionado, con ese aire europeo que Japón perseguía en los sesenta para ganar prestigio. Bajo el capó, motores de cuatro cilindros convencionales, pero con una puesta a punto pensada para el confort y el aplomo: el Luce era «Mazda con traje».

Luce, el “Lord of the Road” de la historia en Mazda
Mazda estrena su primer turismo, el R360 Coupé en 1960, para posteriormente consolidar la gama con el Carol (1962) y el Familia/Mazda 800 (1964). Pero la marca japonesa entendió que le faltaba algo esencial para ser tomada en serio: un buque insignia. Ese golpe de autoridad llegó el 20 de agosto de 1966, con un nombre italiano tan sencillo como ambicioso: Luce.
El Mazda Luce nacía con vocación internacional desde sus primeros bocetos. Su silueta, presidida por una línea que conectaba pilares delantero, central y trasero, partía de un diseño original de Bertone. Mazda lo ajustó a su propio gusto, pero el mensaje ya estaba enviado: Japón podía hablar el idioma del estilo europeo sin acento. Y, para el mercado doméstico de entonces, el coche parecía venir del futuro: moderno, elegante y por encima del estándar japonés del momento.
La luz, en el Luce, no era sólo metáfora. Era arquitectura y técnica. Presumía de algo rarísimo: un interior amplio pese a sus 4,37 metros, como si el lujo consistiera en espacio antes que en ostentación. Y bajo el capó estrenaba un motor SOHC de nuevo diseño —el primero de su clase— con 78 CV, capaz de llevarlo hasta 150 km/h. En una época en la que la respetabilidad se medía por suavidad, aplomo y silencio, el Luce jugaba a ser un coche «grande» sin necesidad de ser gigantesco.

Pero el verdadero giro de guión llegó tres años después, cuando Mazda decidió que su buque insignia también podía ser un escaparate de audacia. En octubre de 1969 se lanzó el Luce Rotary Coupé, que Mazda bautizó con un apodo elocuente: «Lord of the Road». Montaba un nuevo motor rotativo 655 cm3 x 2, con 126 CV y una velocidad máxima de 190 km/h.
Y lo más revelador no era la cifra, sino la idea: Mazda aprovechó la compacidad del rotativo para estrenarlo por primera vez en un esquema de motor delantero y tracción delantera. Era ingeniería convertida en narrativa: el lujo no sólo era cuero y cromados, también era atreverse. A lo largo de los setenta y ochenta -cesaría su producción en 1991-, el Luce fue creciendo en tamaño -llegó a casi cinco metros-, equipamiento y estatus, con variantes berlina y hardtop.
El pasado de Mazda se cruza con el futuro de Ferrari
Y aquí es donde el pasado japonés se cruza —con ironía deliciosa— con el presente italiano. Ferrari parece haber recuperado «Luce» como denominación reciente, pero sin inventar nada, solo heredando una palabra que ya fue usada para anunciar modernidad y estatus.

Cuando Ferrari presenta el Luce en Roma el nombre deja de ser un guiño lingüístico y se convierte en una tesis: «claridad y dirección», dice la marca, para un coche que inaugura un capítulo nuevo sin romper con su legado. Y, sin embargo, el golpe periodístico está en el eco: el Luce de Maranello no sólo es el primer Ferrari totalmente eléctrico, cuenta con cuatro motores (uno por rueda), 1.050 CV, 0-100 km/h en 2,5 s y una batería de 122 kWh; también es, de forma involuntaria, un recordatorio de por qué Mazda eligió esa misma palabra en 1966.
Aquel Luce japonés nació como faro de modernidad en un país que aún buscaba validación, con un diseño de raíz italiana (Bertone), un interior que desbordaba su clase y una ingeniería que quería demostrar que el lujo podía ser también innovación. Este Luce italiano llega desde la cima para afirmar lo contrario: que incluso el prestigio necesita reinventar su manera de brillar, ahora con una arquitectura eléctrica que permite cuatro puertas y cinco plazas y con un diseño -muy cuestionado-.
Entre el Luce de Mazda y el Luce de Ferrari hay seis décadas y mundos distintos, pero un mismo hilo conductor: Luce aparece cuando una marca decide ponerse a prueba. Por eso, aunque hoy el foco mediático lo acapare Ferrari, el protagonista real de esta historia sigue siendo el Mazda: el primero que entendió que, en automoción, la «luz» no se enciende para deslumbrar, sino para señalar el camino.
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