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Todo lo que debes revisar en tu coche tras la vuelta de vacaciones para evitar una avería catastrófica

El calor despiadado, los kilómetros acumulados bajo el sol y el ambiente salino devoran en silencio las entrañas de tu vehículo antes del regreso a la rutina

El verano pasa una factura silenciosa a nuestros vehículos. Atravesar la península a casi cuarenta grados, subir puertos de montaña con el coche cargado hasta el límite de su masa máxima autorizada y dejar el automóvil aparcado durante días junto a la brisa marina supone un esfuerzo brutal para cada componente mecánico y electrónico.

Al regresar al entorno urbano, caracterizado por sus atascos interminables, la reactivación del sistema de parada y arranque automático en cada semáforo y las aceleraciones cortas, cualquier pequeño desgaste que haya pasado desapercibido durante los kilómetros de autopista puede convertirse en una avería seria y costosa. Tomarse un momento para realizar un repaso detallado evita visitar el taller de urgencia en el peor momento posible.

Neumáticos: cómo el asfalto ardiente afecta a las ruedas

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Las altas temperaturas ablandan la composición química de la goma y aceleran su desgaste. Tras acumular cientos de kilómetros en autopistas o carreteras secundarias con firme irregular, conviene revisar las cubiertas con detenimiento.

Si aumentaste la presión antes de salir de viaje para compensar el peso adicional de la familia y el equipaje, resulta fundamental volver a ajustarla a los niveles habituales de carga ligera recomendados por el fabricante. Rodar con exceso de aire cuando el coche vuelve a estar vacío desgasta las cubiertas de forma prematura por el centro de la banda de rodadura y reduce drásticamente la superficie de agarre. Asimismo, es vital comprobar que el dibujo conserve al menos tres milímetros de profundidad para garantizar la evacuación de agua cuando aparezcan las primeras lluvias otoñales, además de confirmar que la goma no se haya cristalizado por el calor, perdiendo elasticidad aunque parezca tener suficiente relieve. Si notas vibraciones en el volante a cierta velocidad o un desgaste irregular en los bordes de la rueda, un alineado de la dirección corregirá las cotas desviadas por los baches del camino.

Frenos: el peligro invisible de la fatiga térmica

Descender pendientes prolongadas o afrontar carreteras reviradas con el maletero lleno somete al equipo de frenado a un esfuerzo térmico extremo, alcanzando temperaturas que superan fácilmente los quinientos grados.

Las pastillas de freno sufren ante estas situaciones un proceso en el que el material de fricción se vitrifica y se vuelve rígido. Esto cristaliza la superficie, lo que hace que el pedal se sienta más duro, provoca ruidos molestos y chirridos al detenerse y aumenta la distancia necesaria para parar el vehículo de forma segura.

Por otro lado, el líquido de frenos pierde sus propiedades originales con el calor y tiene la capacidad de absorber humedad del ambiente. Si al presionar el pedal percibes un tacto esponjoso o notas que baja más de la cuenta antes de ofrecer mordida, es probable que se hayan formado pequeñas burbujas de vapor dentro del circuito y sea indispensable cambiar el fluido y purgar el sistema.

Niveles de líquidos: el motor trabajando al límite de su temperatura

Durante los meses estivales, el propulsor opera constantemente en la zona alta de su rango térmico, lo que acelera la evaporación o degradación de los fluidos esenciales que mantienen el coche con vida.

Conviene revisar el nivel del líquido refrigerante en el vaso de expansión con el motor totalmente frío, asegurándose de que no hayan aparecido fugas por presión en los manguitos o pérdidas de propiedades anticorrosivas. También hay que consultar la varilla del aceite del motor, puesto que los desplazamientos largos sostenidos a buen ritmo provocan un consumo superior de lubricante al habitual. En los vehículos con caja de cambios automática, resulta aconsejable revisar el estado del fluido de la transmisión para prevenir tirones por sobrecalentamiento. Por último, conviene rellenar el depósito del limpiaparabrisas y desatascar los difusores de agua si se ha acumulado cal en los orificios de salida.

Filtros: la barrera atascada por el polvo y la arena

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La fina arena de las zonas costeras, el polvo en suspensión de las pistas rurales y el polen acumulado terminan por obstruir por completo los elementos de filtrado del coche.

Cuando el filtro de aire del motor se encuentra saturado de suciedad, al propulsor le cuesta respirar adecuadamente. La unidad de control electrónico intentará compensar ese menor flujo de aire inyectando más combustible, lo que reduce la respuesta del motor y dispara el consumo en la pantalla del cuadro de mandos. En lo relativo al filtro del habitáculo, la humedad producida por el uso continuo del aire acondicionado crea un entorno propenso a la aparición de bacterias y hongos, lo que acaba provocando olores desagradables al encender la ventilación y dificulta desempañar el parabrisas cuando refresque.

Batería: el calor extremo como enemigo silencioso

Muchos conductores sostienen la idea de que el frío invernal es el único responsable de averiar las baterías, pero en realidad las altas temperaturas del verano son las que aceleran la degradación química interna de sus componentes.

Por este motivo, es muy habitual que numerosos acumuladores dejen de funcionar de golpe al llegar el inicio del otoño. Medir la tensión en reposo mediante un voltímetro ayuda a confirmar si el sistema conserva la energía necesaria, un chequeo de enorme utilidad en los automóviles equipados con sistemas de parada y arranque automático para evitar quedarse tirado a primera hora de la mañana cuando toque volver a trabajar.

Comprobacion polimetro bateria
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Carrocería: salitre marino, manchas solares y escobillas secas

El ambiente marino deposita partículas de sal que terminan adheridas a la parte inferior de la carrocería, a los elementos de la suspensión y a los pasos de rueda. Aplicar un buen lavado a los bajos a presión retira estos restos salinos y evita la aparición de óxido en las zonas metálicas o el deterioro de los manguitos de goma.

De forma paralela, los restos de insectos incrustados en la calandra y la resina de los árboles contienen sustancias ácidas que, al secarse bajo el sol, penetran en la pintura. Resulta oportuno eliminarlos cuanto antes aplicando productos desincrustantes específicos para proteger el barniz del coche. Para terminar, revisa el estado de las escobillas del limpiaparabrisas: el calor reseca el labio de goma y, si se encuentra agrietado, terminará rayando el cristal delantero en el momento en que caigan las primeras lluvias de la temporada.

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