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¿Por qué los coches parecen tener menos potencia en verano? La física explica qué ocurre bajo el capó

Las altas temperaturas no solo ponen a prueba a los conductores. También afectan al rendimiento de los motores de combustión y condicionan el funcionamiento de los coches eléctricos, aunque por motivos muy diferentes.

No es una simple sensación. Cuando las temperaturas se disparan, muchos conductores perciben que su coche acelera con menos energía o responde con cierta pereza. Lejos de tratarse de una avería, es una consecuencia directa de cómo afecta el calor al funcionamiento del motor. La física explica por qué ocurre y por qué los vehículos eléctricos lo experimentan de una forma muy distinta.

Hay mañanas de invierno en las que el coche parece responder con mayor alegría. El motor gira con soltura, las aceleraciones resultan más contundentes y las recuperaciones transmiten una sensación de mayor ligereza. Sin embargo, cuando llega el verano y el asfalto supera con facilidad los 50 grados, esa misma mecánica puede parecer menos enérgica. No es una impresión subjetiva ni un problema mecánico: simplemente, el vehículo está reaccionando a unas condiciones ambientales completamente diferentes.

Todo comienza con un elemento invisible, pero imprescindible para cualquier motor de combustión: el aire.

El calor hace que el motor «respire» peorcalor en el motor

Los motores de gasolina y diésel necesitan mezclar combustible con oxígeno para producir energía. Cuanto mayor es la cantidad de oxígeno que entra en los cilindros, más eficiente resulta la combustión y mayor es el rendimiento que puede desarrollar el motor.

La explicación de por qué esto cambia en verano está en una ley básica de la física. Cuando la temperatura aumenta, el aire pierde densidad. Sus moléculas se separan y, en un mismo volumen, hay menos oxígeno disponible. El motor sigue aspirando prácticamente la misma cantidad de aire, pero ese aire contiene menos oxígeno para completar la combustión.

Como consecuencia, el rendimiento disminuye ligeramente. Es un fenómeno que afecta a todos los motores térmicos, aunque suele percibirse con mayor claridad en los motores atmosféricos, ya que dependen directamente del aire exterior. Los motores turboalimentados consiguen compensar parte de esa pérdida comprimiendo el aire antes de introducirlo en los cilindros, aunque tampoco pueden escapar por completo a este efecto cuando las temperaturas son especialmente elevadas.

El calor pone a prueba a todo el coche, no solo al motor

Las altas temperaturas no afectan únicamente al aire que entra en los cilindros. Durante los meses de verano, prácticamente todos los sistemas del vehículo trabajan bajo una mayor exigencia. El circuito de refrigeración debe disipar una cantidad de calor mucho más elevada, el ventilador entra en funcionamiento con mayor frecuencia y el sistema de climatización añade una carga adicional al motor cuando funciona a pleno rendimiento.

A ello se suma la gestión electrónica. Los coches actuales incorporan numerosos sensores que supervisan constantemente parámetros como la temperatura del refrigerante, del aceite o del aire de admisión. Cuando alguno de estos valores se acerca a los límites establecidos por el fabricante, la centralita puede modificar la entrega de potencia o la respuesta del motor para proteger la mecánica. El conductor apenas lo percibe, pero esa actuación preventiva contribuye a evitar un desgaste excesivo y a mantener la fiabilidad del conjunto.

Por eso, durante una jornada especialmente calurosa, es normal que el coche transmita una sensación de menor agilidad, sobre todo en aceleraciones intensas o durante adelantamientos. No significa que el motor haya perdido prestaciones de forma permanente, sino que está adaptando su funcionamiento a unas condiciones mucho más exigentes para seguir trabajando con seguridad.

Los coches eléctricos también notan el calor, aunque por un motivo diferenteCalor en las baterias

En los vehículos eléctricos la situación cambia por completo. Como no existe combustión, el rendimiento del motor no depende del oxígeno presente en el aire y, por tanto, las altas temperaturas no provocan esa pérdida de potencia asociada a los motores de gasolina o diésel.

Eso no significa que el calor les resulte indiferente. El componente más sensible es la batería, que necesita mantenerse dentro de un rango de temperatura controlado para conservar su rendimiento y evitar un desgaste prematuro. Cuando el ambiente es muy caluroso, el sistema de gestión térmica activa la refrigeración para proteger las celdas, consumiendo parte de la energía almacenada.

En la práctica, esto puede traducirse en una ligera reducción de la autonomía y, en determinadas circunstancias, en una menor potencia de carga rápida. Si la batería alcanza una temperatura elevada después de un viaje o tras varias recargas consecutivas, el propio vehículo limita automáticamente la potencia de carga hasta que recupera unas condiciones adecuadas.

En definitiva, tanto los coches con motor de combustión como los eléctricos sienten los efectos del verano, aunque por motivos muy distintos. Los primeros ven reducido ligeramente su rendimiento porque el aire caliente contiene menos oxígeno, mientras que los segundos destinan parte de su energía a mantener la batería dentro de su temperatura ideal. La próxima vez que notes que tu coche parece menos enérgico bajo un sol abrasador, probablemente no haya ninguna avería. Simplemente estará obedeciendo a una de las leyes más básicas de la física.

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